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Tribuna abierta

Chávez era otra cosa…

por igor filibi - Lunes, 22 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:11h

Nicolás Maduro.

Nicolás Maduro.

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Nicolás Maduro.

Venezuela se estira como un chicle. Los partidarios del presidente Nicolás Maduro y los de la oposición están tensando la sociedad venezolana hasta el límite

Hace años que dos Venezuelas combaten por dominar y hablar en nombre del conjunto del país. El problema es que hay dos países en uno. No es un fenómeno exclusivo de Venezuela. Hay al menos dos Estados Unidos, dos Españas, dos Euskadis, etc.

Es un reto formidable tener que convivir con el diferente. Ante esta situación caben, fundamentalmente, dos actitudes. Por un lado están quienes no aceptan el hecho básico de la diferencia. Hay personas, tan venezolanas-estadounidenses-españolas-vascas como yo, que piensan diferente y ahí van a seguir. Se trata de quienes no aceptan el hecho objetivo, incontestable, irrefutable, de la diversidad de esta sociedad. Se trata de un problema social y político gravísimo porque es un sector de la población muy relevante que vive en un mundo político irreal, que parte de un diagnóstico tan equivocado que es imposible que acierte en sus políticas o decisiones. Como sabían todos los clásicos, el primer y más importante principio en política es el principio de realidad: conocer cómo es la realidad, aunque sea para cambiarla. Sobre todo para cambiarla.

El problema es que al presidente Maduro le sobra más de media Venezuela. No acepta el hecho básico de que puedan pensar distinto a él. Cuando votaron a la oposición en las pasadas elecciones de diciembre, su respuesta fue que la oligarquía había ganado la Asamblea Nacional aprovechándose de la confusión de una parte del pueblo. ¿Y no es posible que sea él quien está confuso? No, él está en posesión de la verdad, de toda la verdad, sin resquicios. Qué peligrosos son quienes piensan que están en posesión de la verdad absoluta. Es imposible que sean demócratas porque sólo respetan la voluntad popular cuando les da la razón. Cuando no, el pueblo está confuso. Sin comentarios.

Por otro lado están quienes sí reconocen este hecho fundamental, la diversidad profunda de la sociedad, aunque pueden tener diversas actitudes ante la misma.

En primer lugar, algunos reconocen la diversidad, pero no les gusta y tratan de cambiar la situación. No obstante, dentro del proceso de cambio aceptan la regla básica de que mientras no obtengas la mayoría política en las urnas no estás legitimado para gobernar. Esta fue la actitud del anterior presidente venezolano, Hugo Chávez.

En segundo lugar están quienes piensan que la diversidad es positiva para el conjunto de la sociedad. Yo no puedo estar seguro de que lo que pienso sea lo mejor. Es lo que me parece a mí aquí y ahora, pero respetar al que piensa distinto es aceptar que puedo estar equivocado. Es reconocer verdaderamente al otro como un igual. Esta es, con toda humildad, la mejor opción y la única que puede fundamentar una sociedad democrática en el largo plazo. Respeto absoluto de todas las opciones políticas, lo que evita que nadie pueda hablar en nombre del conjunto más que de forma provisional y lleva a aceptar las reglas de la mayoría con respeto exquisito a las minorías. Quienes piensan así en Venezuela apenas se oyen en los medios. Están invisibilizados por unos medios de comunicación polarizados entre quienes apoyan a muerte al gobierno y quienes lo atacan a muerte. Y por ello Venezuela cabalga hacia la confrontación abierta si nadie lo remedia.

Viendo esto, la comparación entre Maduro y Chávez es inevitable. A Hugo Chávez no le gustaba la situación política que vivía su país e hizo de todo para cambiarla. Inicialmente incluso preparó un golpe de Estado, que fracasó. Por cierto, Chávez aceptó en pocas horas que el golpe no iba a triunfar y se rindió a la evidencia, evitando muertes innecesarias. Sin embargo, aquel aparente fracaso fue la semilla de su éxito posterior. Aprendió que la realidad no se puede cambiar por la fuerza. Al menos, no si lo que se quiere es que el cambio sea duradero. Aceptó las reglas del juego, ganó unas elecciones con el propósito de modificar la constitución y lo hizo. Una amplia mayoría del pueblo venezolano apoyó los cambios.

En aquel momento, a Chávez se le acusó de todo, de ser un radical, un populista, un extremista, de estar loco... Sin embargo, las descalificaciones no pudieron ocultar un hecho incontestable: el pueblo estaba con él. Fue capaz de ilusionar a millones de personas que sentían que nunca habían gobernado y caló su mensaje de que aquello podía y debía cambiar. Fue capaz de obtener el apoyo popular en muchas elecciones y eso le permitió controlar prácticamente todos los recursos de poder del Estado. A pesar de que una mayoría de la prensa internacional le acusaba de comportase como un reyezuelo, Chávez dio una importante lección de valores democráticos al instaurar la figura del referéndum revocatorio. Por mucho poder que tuviese y por muchos votos que obtuviese en unas elecciones, ello no podía significar un cheque en blanco para varios años (a diferencia de lo que pensaba el presidente Aznar cuando ordenó participar en la invasión de Irak). Por ello, el pueblo podía solicitar la revocación del presidente si consideraba que lo estaba haciendo mal.

La oposición empleó esta opción contra Chávez en 2004. Casi cuatro millones de venezolanos votaron para destituir a Chávez. Pero casi seis lo apoyaron. Y siguió gobernando. Se acusó a Chávez de polarizar la sociedad, pero la sociedad ya estaba polarizada desde mucho tiempo antes. Lo que Chávez aportó a su país fue el principio de que la mayoría debe gobernar. Y garantizó que las elecciones fuesen limpias, lo que acreditaron instituciones internacionales prestigiosas, como la Fundación Carter.

Es cierto que en su tercer mandato presidencial ordenó el cierre de varios medios de comunicación críticos con su gestión, lo que indudablemente limitó las posibilidades de la oposición. Pero incluso dentro de esta deriva poco democrática, cuando intentó modificar de nuevo la Constitución en diciembre de 2007, las elecciones fueron limpias y reconoció su fracaso, que se produjo por un margen muy estrecho, la misma noche electoral. Dos años después, en 2009, Chávez venció en un referéndum para modificar la Constitución y los movimientos opositores reconocieron igualmente el resultado. En aquella época, tanto el gobierno como la oposición reconocían sus derrotas electorales, lo que alimentaba cierta esperanza de ir resolviendo los problemas del país a pesar de las tensiones sociales.

Esta capacidad de reconocer las victorias de sus adversarios le granjeó el respeto incluso de muchos que no compartían su ideario. Ello explica su popularidad, que llegó a ser la mayor de América latina, e incluso el ser elegido personaje del año dos veces por la revista Time. Probablemente uno de sus momentos de máximo prestigio e influencia política fue con ocasión de su discurso ante las Naciones Unidas el 20 de septiembre de 2006. Chávez fue un gran líder en Venezuela y a nivel mundial.

Nada que ver con el actual presidente venezolano, Nicolás Maduro. No es presentable que dijese en octubre, antes de las elecciones a la Asamblea Nacional, que en caso de perder no entregaría la revolución y pasaría a gobernar con el pueblo en unión cívico-militar. Es decir, que si él gana, la democracia triunfa;pero si no, el pueblo se equivoca, por lo que afirmó que intentaría gobernar al margen del parlamento con la ayuda del ejército. Llegó a decir que debía ganar como sea para garantizar la paz. O sea, que si perdía, ¿habría guerra? Chávez, de estar vivo, renegaría de su heredero.

Es cierto que, una vez perdidas las elecciones, Maduro aceptó los resultados, pero desde entonces se ha dedicado a obstaculizar el traspaso de poder, torpedeando los nuevos nombramientos y poniendo todo tipo de trabas para el correcto funcionamiento del sistema político. Peor aún, hace sólo unos días Maduro advertía de que impedirá por las buenas o por las malas que la oposición alcance el gobierno y llamaba a los militares a dar un paso al frente. No se puede ser más irresponsable.

Es indigno que el actual presidente venezolano se denomine chavista. No, no, presidente Maduro, usted es un simple déspota, uno más de los muchos miles que ha habido en la historia del mundo. Chávez era otra cosa. Un respeto a Hugo Chávez, y deje de hablar en su nombre. Aunque se lo diga un pajarito.

El problema es que al presidente Maduro le sobra más de media Venezuela. No acepta el hecho básico de que puedan pensar distinto a él


Es indigno que Maduro se denomine chavista. No, no, presidente Maduro, usted es un simple déspota, uno más de los muchos miles que ha habido en la historia del mundo


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