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“El drama ahora está en Policastro”

Socorristas de ‘Basque Lifeguards’ y el voluntario Álvaro Herraiz relatan su experiencia en la isla griega de Lesbos, asistiendo a refugiados que cruzan el Egeo en tareas de ayuda de las que las instituciones se desentienden

Un reportaje de Bego Astigarraga - Lunes, 22 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Miedo, agotamiento, frío e incertidumbre se refleja en los rostros de los refugiados a su llegada a Lesbos donde, al menos, los voluntarios les prestan ayudan.

Miedo, agotamiento, frío e incertidumbre se refleja en los rostros de los refugiados a su llegada a Lesbos donde, al menos, los voluntarios les prestan ayudan. (I. Pastor , A. Herraiz)

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Miedo, agotamiento, frío e incertidumbre se refleja en los rostros de los refugiados a su llegada a Lesbos donde, al menos, los voluntarios les prestan ayudan.

Cerca de 80.000 refugiados y migrantes han entrado en Grecia en lo que va de año, y más de 410 han perdido la vida en el intento pero, afortunadamente, cuando estas miles de personas cruzan el Egeo hacia Lesbos y otras islas griegas encuentran personas que les reciben ofreciéndoles su ayuda, rescatándoles del mar, arropándoles, guiándoles y dándoles los primeros auxilios y calor humano.

Álvaro Herraiz es uno de estos voluntarios independientes que no dudó en viajar a Lesbos corriendo con todos los gastos de su bolsillo para prestar su ayuda en esta crisis humanitaria. “Estaba siempre a pie de playa vigilando la llegada de embarcaciones y ayudaba a remolcarlas hasta tierra para atenderles después con mantas y ropa. También he ayudado en tareas de traducción entre pasajeros de origen árabe y los equipos de primeros auxilios, y he grabado cada día algunos desembarcos para dejar constancia del estado en que llega la gente”, señala este voluntario madrileño. “Es imposible contabilizar los casos de hipotermia que había día tras día. También se daban casos de shocksy pérdidas de noción espaciotemporal”, asegura Herraiz. “Conozco decenas de historias dentro de los barcos. Motores parados, personas sin preparación para manejar la embarcación, salvavidas que no sirven para nada. Las mafias les cobran entre 600 y 6.000 dólares por trayecto y persona, según el tipo de embarcación” -eso por un trayecto que a cualquier europeo le cuesta 10 euros ida y vuelta en un cómodo barco-. “Me contaron que antes de embarcar, estuvieron hacinados en polígonos aledaños a la ciudad turca de Izmir, y que estaban custodiados por gente armada”, atestigua.

Sin embargo, Herraiz cree que el verdadero drama está ahora en la frontera greco-macedonia. “Lesbos está sobresaturado de organizaciones y voluntarios perfectamente preparados que incluso encuentran dificultades para poder colaborar, pero he viajado hasta Policastro e Idomeni -los dos puestos previos al paso fronterizo entre Grecia y Macedonia-, donde las pocas ONG sobre el terreno no pueden cubrir las necesidades de los miles de refugiados en tránsito. Allí hay una enorme precariedad. Cientos de miles de familias se ven obligadas a permanecer largas jornadas sin nada para comer, con frío y durmiendo a la intemperie. La ausencia de alimentos hace que los comercios de la zona se enriquezcan a costa de su vulnerabilidad”, denuncia este voluntario.

“El campo de refugiados de Policastro está improvisado entre dos gasolineras. Allí no vi más siglas que las de Médicos Sin Fronteras, que habían organizado algunas lonas con generadores para calefacción. Pero no había reparto de alimentos. Las gasolineras se sobresaturaban, haciendo que refugiados con pocos recursos se gastasen sus últimos euros en frutos secos para dar de comer a familias de hasta diez miembros” atestigua.

También los cinco socorristas guipuzcoanos de Basque Lifeguardcondujeron una ambulancia de la DYA en la que transportaban una moto de agua para ayudar a salvar vidas en la costa sur de Lesbos, a 20 kilómetros de Turquía. “Ha sido el segundo viaje que hacemos, pero esta vez hemos ido con más medios gracias a la ayuda de familiares y amigos, aunque los guardacostas griegos no nos dejaron utilizar la moto de agua. En caso de tener que rescatar alguna embarcación lejos de la costa teníamos que esperar su autorización, pero no nos hemos visto en esa situación”, reconocen. “Trabajamos como socorristas en Zarautz y Orio, y somos voluntarios de rescate marítimo. En Lesbos podíamos ser útiles”. Estos jóvenes hacían guardia, observando todo el día el horizonte -vestidos con neoprenos y sus aletas al costado- para calcular dónde podría llegar cada balsa. “Ayudamos a organizar la llegada de las embarcaciones de la forma más segura posible hasta tierra, sacamos a la gente y, a veces, le hemos acompañado hasta la carretera, donde cogen autobuses de Acnur o vehículos que les llevan a las instalaciones de registro para solicitar papeles”, explica Ibai Jauregi, miembro de Basque Lifeguards, junto con Mikel Mujika, Asier Nieto, Jaime Rochas y Aitor Hernández.

Han visto de todo. “Las lanchas hinchables con motor, la mayoría inestables y sobrecargadas, suelen encallar al enganchar las hélices en las rocas. Nadábamos hasta ellos, siempre avisándoles que éramos lifeguards, para que no se asustaran -porque de noche solo ven focos y no saben a dónde llegan-, y les llevamos a la orilla”, señalan.

“Llegan sobre todo familias, muchos niños pequeños, ancianos, discapacitados, casi siempre de la misma nacionalidad en la misma embarcación, pero todos agotados, con mucho frío y, sin ninguna protección con esos chalecos que les dan las mafias”. La mayoría son refugiados de guerra de Siria, Irak, Afganistán, y de países en conflicto, como Pakistán e Irán, pero también llegan de otros muchos países. “Unos afganos nos contaron que salieron de su país un grupo de 500 personas y 19 de ellos murieron de frío cruzando las montañas”, relata Ibai.

“Las mafias les suben a las lanchas y al que creen más espabilado le dan unas pautas de cómo manejar el motor. Son gente que no ha visto el mar en su vida, no saben nadar y hay muchas incidencias, corren muchos riesgos. Una vez vimos una embarcación con patrón. Era un smuggler -traficante-, pero avisamos a la policía y le pudieron detener”, asegura.


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