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El beaterio

El tablero de ajedrez

Por Iñaki de Mujika - Lunes, 22 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:11h

La plantilla, con el alcalde de Donostia, Eneko Goia, celebra el triunfo.

La plantilla, con el alcalde de Donostia, Eneko Goia, celebra el triunfo.

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La plantilla, con el alcalde de Donostia, Eneko Goia, celebra el triunfo.

dicen que a cada cosa en la vida le llega su momento y que el servicio militar, al menos hace cuatro décadas, era obligatorio. Sólo se libraban de él quienes contaban con pies planos, eran padres de familia y mantenían a sus hijos, o eran hijos de viuda y la madre dependía del trabajo del soldado. Tampoco iban los cargados de voltios hasta los ojos, es decir, los enchufados, y finalmente aquellos que estaban un poco para allá y su cabeza les hacía juegos malabares. Había más opciones, pero no las voy a enumerar todas.

Como no podía aferrarme a ningún epígrafe de salvación (entonces no existían insumisos y objetores) no hubo otra que coger el petate y marcharse. Tres meses de campamento y un año en destino. Los que habéis pasado por ahí conocéis de sobra el contenido de la historia. Quienes no sentisteis en vuestro cuerpo el peso del cetme, la escopeta con la que se hacía la instrucción, seguro que alguien cercano a vosotros os ha contado alguna batallita.

Una vez incorporado a una oficina en un destacamento de Ceuta, compartí estancia, experiencia y ocupación con unos cuantos soldados y un capitán que estaba a nuestro mando. Le encantaba el ajedrez. Guardaba celosamente un tablero en el tercer cajón de su mesa. Todos los días, a las once, cuando llegaba el momento del receso, descanso, desayuno o breakfast como se dice ahora en “plan litri”, el jefe ponía sobre la mesa el tablero y el más avispado de todos nosotros, un chico de Madrid cuyos padres residían en Tánger, se sentaba frente a él, encendía la pipa y a jugar…

Los demás viendo con interés lo que pasaba. Se repartían las victorias y las maquiavélicas maniobras para derrotar al rival. Allí no había tregua. Muchas veces se firmaban tablas. Cuando había triunfo, quien lo conseguía esbozaba una sonrisa, más discreta en el cabo Soriano por aquello de la autoridad y las estrellas de seis puntas en la bocamanga del jefe. Por la tarde, cuando los mandos no estaban y nos quedábamos solos jugábamos nuestras partiditas.

Reconozco que era del montón y sólo luchaba para que no me ganaran con un jaque pastor. Un día, enfermo el soldado, me tocó jugar contra el capitán. Sentí un considerable canguelo. Le miraba a los ojos y al bigote en tanto movía ficha. Jugué con negras y tocaba defenderse.

No sé qué coño hizo, pero en pocos movimientos estaba muy rodeado y amenazado por caballos y alfiles. Un peón de dama en la reserva y una torre apuntando de largo. Como era previsible, era mejor que yo, ganó y nos dimos la mano.

Aquel tablero era de madera, al igual que las fichas, marrones y cremas, a tono con la superficie de juego. El ajedrez es pura estrategia. Obliga a pensar en dos direcciones, porque se ataca y se defiende. Se ha puesto de modo entre los futbolistas. Les debe venir bien para desarrollar capacidades intelectuales. De hecho, Granero, Zurutuza, Mikel Alonso… y, desde hace mucho, Irulegi, disfrutan y compiten en torneos.

Entiendo que Valverde y Eusebio juegan en solitario. Como los grandes mitos del tablero cuentan con un estudio de analistas, un laboratorio en el que se conocen al máximo las estrategias del rival y se prevé el modo de neutralizarlas. Lo mismo que encontrar los caminos por los que abrir grietas y sentenciar la contienda. El de ayer en San Mamés era un partido de estos. Gran conocimiento del rival y de las fuerzas propias para domeñarlo.

Los dos entrenadores se apuntaron al clasicismo conservador de guardar la viña y tratar de explotar al contraataque las opciones de victoria. Los locales con Gurpegi de central y San José en la zona de control, en tanto que Reyes apuntaló como en Cornellá el eje de la medular realista con Illarra y Xabi Prieto de expertos lugartenientes. Rubén Pardo fue de salida el sacrificado.

Como sucede casi siempre en este tipo de partidos, la tensión, los nervios, las imprecisiones se imponen porque el corazón late más rápido y se impone a la cabeza. Si además cae en suerte un árbitro debutante al que le temblaban hasta las cejas, nos encontramos con un partido largo, de ida y vuelta, en el que las buenas jugadas se van de copas lejos del césped. Llegó una y cayó del lado realista. Otra vez la dupla Vela-Jonathas ejecutó la acción de pase y remate que a la postre sería decisiva en la suerte del partido.

La Real creyó más y vio reforzado su plan, la estrategia del tablero, en tanto que los rojiblancos se perdieron entre pases erróneos y ansiedad. Tras el descanso, aunque el Athletic mejoró (no era difícil), apenas creó opciones de gol ante Rulli. Tampoco la Real fue capaz de darle calma al juego mientras caían tarjetas amarillas como confetis a los dos lados de la divisoria. A medida que el encuentro avanzaba, cada técnico movió sus peones. Eusebio apuntaló mejor con Markel y el papel de Illarra en la fase final fue rutilante. Espléndido, como la actitud colectiva y solidaria del resto del equipo que defendió con uñas y dientes la posibilidad de enlazar cuatro victorias consecutivas que premia el esfuerzo de todos. Incluida la afición, que vivió otra noche inolvidable. La partida no concluyó en tablas.


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