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Xabier Unzurrunzaga arquitecto

“Hay que seguir pensando las ciudades, al menos para los próximos 100 años”

Arquitecto, urbanista, profesor y hasta técnico en política. Xabier Unzurrunzaga ha tocado muchos palos en su andadura profesional

Carolina Alonso Javi Colmenero - Domingo, 21 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:08h

Xabier

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donostia- La Escuela de Arquitectura de Donostia acoge hasta el próximo 2 de marzo una exposición con medio centenar de proyectos del arquitecto Xabier Unzurrunzaga (Zarautz, 1937), un profesional de dilatada trayectoria que muestra con cariño los paneles con sus creaciones transformadoras de espacios para vivir.

¿Ha ejercido más como urbanista o como arquitecto?

-No hago diferencias. Mi tarea es aplicar los conocimientos de la disciplina de la arquitectura a la ciudad. Urbanista me suena más a gestión. Mi labor ha sido estar en mi sitio como arquitecto, crear formas urbanas, calles, plazas... Lo importante es que, tanto en las ciudades como en los pueblos, se generen espacios urbanos habitables, no un sumatorio de bloques. El desarrollismo y los barrios dormitorio no son ciudad. Algunos les llaman la no ciudad. Hay que ser consciente de esos aspectos y siempre ha sido así, desde los griegos. Ese ha sido mi rol en estos 50 años de trabajo.

En la exposición sobre su trabajo se muestran 50 proyectos, pero habrá hecho más.

-Sí, pero tampoco demasiados. He puesto todo lo que he hecho en ciudad. He trabajado con otros 50 arquitectos. No con un equipo de 50, pero a veces con uno, otras con dos o tres, otras solo.

Ahora sigue dirigiendo tesis de estudiantes. ¿Qué diferencias encuentra entre los estudiantes de su época y de ahora?

-Bueno, la verdad es que la última tesis que he dirigido es de un alumno de 58 años, Jon Txabarri. Ha hecho una tesis preciosa sobre los espacios de los frontones.

Hablando de frontones, hay un debate en Donostia sobre si hay que tapar o no el frontón de la plaza de la Trinidad para aprovecharlo más. ¿Qué le parece?

-Virgencita, virgencita, que se quede como está. Sin ninguna duda, en mi modesta opinión. Es un espacio único, emblemático, una zona residual convertida en un espacio fantástico.

Hay otro debate sobre si hay que construir o no en la finca de los viveros de Ulia.

-No lo he seguido mucho, pero creo que está bien que siga como está.

Donostia ha visto crecer en las últimas décadas algunos barrios nuevos, como Benta Berri o Riberas de Loiola. ¿Cómo los encuentra?

-Benta Berri lo veo muy bien. La demostración es que ha cogido una vida urbana espectacular, con un tratamiento absolutamente clásico. Mezcla de vivienda social con vivienda libre, de jóvenes con gente mayor... Precisamente, una manzana de la plaza Sert la proyecté yo, con 180 viviendas de VPO.

¿Las ciudades tienen que buscar esa mezcla de gentes?

-Sí, aunque ahora la modernidad a veces tiende a otras cosas. Por ejemplo, en Bilbao, en los cuarteles de Garellano, están proyectando cosas que no son adecuadas. En torno a la figura de un arquitecto galáctico se están impulsando barrios con demasiadas viviendas. Como lo ha hecho tal arquitecto de renombre en lugar de 3.000 pisos se hacen 5.000, por ejemplo. Y eso me da pánico.

¿Hay que seguir pensando las ciudades del futuro?

-San Sebastián se construyó en los terrenos donde estaba la muralla y sobre fango. La primera piedra del Buen Pastor se puso desde una barca, sobre el agua. El 94% del suelo del ensanche Cortázar está sobre el espacio adquirido al Ejército o marismas y eso no se hubiera podido hacer sin arquitectos, que lo desarrollaban y lo pensaban desde el Ayuntamiento. Eran buenos profesionales y había políticos que creían en ellos. Ahora, a veces, los arquitectos de los ayuntamientos parecen vigilantes de las normas, hacen como de policía urbanística. Y tiene que haber alguien que haga eso, pero también alguien que piense en cómo va a ser la ciudad dentro de 100 años. Nosotros vivimos de la ciudad de hace 100 y hasta 700 años y tenemos que pensarla también al menos para los próximos 100.

¿Cuántos edificios ha podido firmar?

-No lo sé. Al principio eran edificios de pocas viviendas, en las últimas décadas de más. He hecho operaciones grandes de vivienda en Hondarribia, donde se hizo un puente peatonal a la Parte Vieja, en Getaria, en Azpeitia... He hecho varios barrios por toda Gipuzkoa. He trabajado mucho en la zona de Mondragón. En mis primeras épocas había muchísimo trabajo y pocos arquitectos.

Empezó a trabajar en la época del desarrollismo.

-Sí. Enseguida me di cuenta de que no era bueno. Nos metimos con buenos arquitectos catalanes y nos pusimos con el Plan General de Tolosa, lo que me hizo dejar un poco los edificios para hacer arquitectura de ciudad.

Formó parte también del Gobierno Vasco, con Garaikoetxea, y de la Diputación de Gipuzkoa, con Imanol Murua.

-Era viceconsejero de Urbanismo José Miguel Abando y llamó a los que en aquel momento teníamos una cierta experiencia. Éramos gente que conocíamos el país, la disciplina, abertzales... Con Carlos Garaikoetxea y Javier Lasagabaster me hicieron director general de Vivienda y estuve dos años. No tenía aspiraciones políticas, pero estuve bien. Conseguimos traer la competencia de vivienda con el Ministerio de Obras Públicas. Había solares edificables en toda Euskadi, Intxaurrondo, Txurdinaga en Bilbao... Allí había diez hectáreas donde se iban a hacer 700 viviendas y dijimos a Garaikoetxea: vamos a hacer las viviendas en una loma y en el agujero un parque. Tuvimos una serie de buenas ideas. En Intxaurrondo se iba a hacer una especie de sopa de letras y lo cambiamos. Hicimos un ensanche, con avenidas. Aplicamos nuestra experiencia adquirida en los diez años anteriores en la profesión y además había dinero fresco para hacerlo.

¿También actuaron en los cascos antiguos?

-En Euskadi hay unos 100 cascos viejos de interés, 100 villas medievales. Solo en Gipuzkoa hay unas 30. Había que meter dinero. Toda aquella ilusión en mejorar se ha ido diluyendo un poco hacia tareas más de funcionario, creo yo. En Donostia, Parvisa rehabilitó la Parte Vieja y en Vitoria se gastaron 1.000 millones de pesetas en urbanizar la almendra del barrio antiguo. Luego se hizo una exposición sobre todas aquellas actuaciones en los cascos viejos.

Dimitió de la Diputación de Gipuzkoa, tras haber llevado a cabo la transformación del Koldo Mitxelena, entre otras cosas. ¿Por qué?

-Cuando estuve en política cerré el estudio, aunque seguí en la Universidad y, como si dijéramos, me incompatibilicé. Veía que algunos políticos se quedaban tiempo... pero yo decidí volver a la Universidad a sacar la cátedra. Le dije a Murua que dimitía y no se lo creyó porque no era lo habitual.

A veces se dice que la construcción ha empeorado, que los materiales actuales son peores.

-Bueno, hace unas décadas se trabajaba con pocos recursos y poca tecnología, pero eso ha mejorado. Hay muchos más controles.

Ha tenido mucha relación con algunos de los más reconocidos arquitectos como Peña Ganchegui o Moneo.

-Sí, nos acercamos a ellos. Cuando estudiaba, Franco obligaba hasta a sacar el bachiller en Valladolid y tuvimos que estudiar fuera, en Madrid y Barcelona, en un país que era muy marginal entonces. Salíamos de la Universidad sabiendo proyectar una casa, hacer unos cálculos, conocíamos el oficio de arquitecto pero no conocíamos ni nuestro territorio ni lo que era una ciudad. Y lo primero que hay que hacer es conocer el país. Teníamos un título flamante y podíamos ejercer, pero en el páramo cultural de entonces nos encontramos con que Peña Ganchegui ya empezaba a destacar, tenía reconocimiento en Cataluña. Nos acercamos bastante a él y fue nuestro primer referente.

También tuvo relación con Oteiza.

-Oteiza fue nuestro segundo referente: era como una aparición de la Virgen de Lourdes. Era amigo de mi padre, que le publicó en la editorial Itxaropena su Quosque Tandem. Oteiza nos puso las pilas. También andaba por aquí Julio Caro Baroja, que hizo el Libro de los Vascos, cuya primera edición también publicó mi padre. Y fue profesor de la Escuela de Arquitectura. Nos llevaba a ver villas, bastidas francesas... Era el 1968 de París, toda la efervescencia de la cultura vasca... En los años 70 se celebró durante tres años una semana de la arquitectura en San Sebastián donde vinieron los mejores arquitectos y urbanistas de Europa. En aquella época hicimos el Lizeo de Santo Tomás, unas casas de Ordizia y nos encargaron a un equipo el edificio Urumea, del paseo Ramón María Lili. Fuimos conscientes de que era mucho para nosotros y fuimos donde Moneo para que nos echara un capote. Yo le conocía de antes. Y con él nos reciclamos. Manuel de Solà y Moneo, los dos mejores arquitectos de nuestra generación, se conocieron en nuestro estudio de la calle Blas de Lezo.

También estuvo en Estados Unidos

-Sí, en Carolina del Norte. Allí estaba entonces Chillida de profesor en Boston;le visité y tengo muchas cartas de él.

¿Le hizo ilusión el homenaje que le dedicaron con la apertura de la exposición sobre su obra?

-Muchísima. Me parecía de justicia porque en este país a veces somos un poco extraños a nivel profesional. A veces no sabemos lo que hacemos unos y otros y es bueno que se sepa lo que hacemos las personas. No solo hay cocineros, cantantes y artistas. Está muy bien que existan estas profesiones pero hay otras. Y, cuando ves que se acaba el tiempo, es bonito ver lo que uno ha hecho. Hay que echar mano de especialistas. A veces extraña que no pidan opinión y eso no pasa en Cataluña o Galicia.

¿La política pesa mucho en la arquitectura?

-Lo que está claro es que los distintos partidos no tienen grandes equipos de técnicos y es necesario que echen mano de los especialistas. A veces se producen problemas por enemistades políticas. Barrios de vivienda pública que hicimos en el Gobierno Vasco nos produjeron algunos problemas por esta causa. Nos han llegado a pedir huertas para jubilados en lugares donde estábamos haciendo viviendas sociales.


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