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El valiente de Trintxerpe

“La leucemia le ha robado la infancia”

El Día Internacional del Niño con Cáncer se celebra hoy con un mensaje de esperanza: tres de cada cuatro que lo padecen, sobreviven. Como es el caso de Gaizka, un ‘pirata’ valiente de Trintxerpe que superó dos años de calvario.

Un reportaje de Alicia Zulueta. Fotografía Iker Azurmendi - Lunes, 15 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:13h

Gaizka posa junto a su madre, Leire, felices, cuatro años después de terminar el tratamiento de quimioterapia.

Gaizka posa junto a su madre, Leire, felices, cuatro años después de terminar el tratamiento de quimioterapia.

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Gaizka posa junto a su madre, Leire, felices, cuatro años después de terminar el tratamiento de quimioterapia.Gaizka juega en su cuarto, feliz.Gaizka

“No poder darle un beso a tu hijo porque tiene bajas las defensas se acaba convirtiendo en rutina”

un día, al venir de la ikastola, Gaizka, un niño pasaitarra de cuatro años, llegó a casa con un bulto en la cara. Sus padres pensaron que era de un golpe o de una infección y subieron al hospital. Los antibióticos no le hicieron efecto y el resto de ganglios comenzaron a inflamarse. Las analíticas estaban bien, pero el pediatra decidió hacer una biopsia. “Cuando vi la cara del médico supe que no era bueno”, explica su madre, Leire. Les derivaron de la Policlínica al Hospital Donostia, ingresaron a Gaizka y no salieron del centro en 36 días. Tenía Leucemia Linfoblástica Aguda.

Así comienza la historia que ha condicionado los últimos seis años de esta familia, compuesta por el pequeño Gaizka (ahora 10 años), Leire, su marido Karmelo, el hermano mediano Asier (8 años), y el pequeño de la casa, Galder (2 años), que no llegó a conocer el calvario. En una de las cinco habitaciones esterilizadas del Hospital Donostia esta familia no solo convivió con el cáncer, sino que se llevó una gran lección de su pequeño, que maduró a marchas agigantadas. Se generó una estrechísima relación entre los hermanos;y sus padres aprendieron a prestar atención a los pequeños detalles y a darle la importancia que se merece a cada cosa.

“Encima teníamos que dar gracias porque nos decían que habíamos tenido suerte porque su cuerpo avisó”, apunta irónica. “En un minuto se te parte el mundo. No te esperas que tu hijo vaya a tener cáncer, un niño de 4 años que no ha empezado ni a vivir”, recuerda Leire, que en aquel momento no podía comprender por qué le había tocado a su pequeño y no a ella.

Al pequeño se lo explicaron en forma de cuento, relatando que tenía unos bichitos que le estaban haciendo daño y que el tratamiento los volvería buenos. “Si mi hijo estaba bien, yo no tenía derecho a estar mal”, defiende. “No te queda otra que llevarlo bien”.

Al comienzo, no eran capaces de asimilar la información. Enfado, frustración y miedo de puertas de la habitación para fuera. En cambio, en el interior de la sala esterilizada, esta madre no tenía más que sonrisas y horas de juego para su hijo. Fueron dos años de tratamiento, una auténtica “carrera de fondo” de la que “se puede salir”. Una situación dura y desagradable que acaba por convertirse en rutina. “Vives día a día, con pruebas muy duras como punciones lumbares o la quimioterapia”, explica. Pero a ello se suman las transformaciones que vive el niño. “Se le cae el pelo, se hincha por los corticoides, le cambia el humor y le sacas de su entorno”, recalca.

Nuevas situaciones


Leire y Karmelo se organizaron por turnos, uno acudía por la mañana, para ser relevado por la tarde y volver por la noche. Así, continua y diariamente. “Ahora sí hay una ley a la que te puedes acoger como cuidador para que te reduzcan la jornada, pero en nuestro caso no había y tuvimos que cogernos la baja para cuidar de nuestro hijo”, detalla Leire, que sentía que le estaban “dando a elegir” entre “cuidar a mi hijo y trabajar”.

Gaizka lo llevó muy bien. “Tengo un héroe en casa y su hermano le ha ayudado muchísimo”, apunta. Aunque también tuvo episodios desagradables, como “el día del reservorio”. Es un catéter que se coloca debajo de la piel para suministrar la medicación y no quemar las venas -todavía lo tiene y esperan quitárselo el año que viene-. Aquel día, con la vía recién puesta, acabó devolviendo encima del aparato. “Al final limpiar eso se acaba convirtiendo en rutina, igual que las mascarillas o la esterilización, o no poder darle un beso a tu hijo por sus bajas defensas”, añade.

Pero esta pareja siempre se aferró al lado positivo: “tres de cada cuatro niños sale” y Gaizka “tenía que ser uno de esos tres”. Además, estos dos adultos se ayudaron a mantener el equilibrio emocional, a pesar de que solo se veían “cinco minutos” en el hospital cuando cambiaban de turno. “La suerte que he tenido es que cuando yo he estado mal él ha estado bien” y viceversa.

Aún así, el fantasma del miedo siempre está presente. El de Leire aparecía ante las situaciones nuevas, como volver por primera vez a casa con Gaizka y salir del entorno protegido del hospital. O la primera vez que fue al parque, momento en el que el miedo la empujó a limpiar previamente los columpios y toboganes. Cuando se fueron de vacaciones, Leire se preocupaba por proteger a Gaizka del sol, del agua, y de los focos de infecciones. Y lo vigilaba en las primeras excursiones escolares.

“Tienes miedos pero no quieres transmitírselos a tu hijo”, dice. Por este tipo de cargas, ve indispensable la ayuda de un psicólogo en los procesos oncológicos, que enseñe a los padres a “convivir con el miedo”, pero también a los niños enfermos a sacar su frustración y preocupación.

Afortunadamente, Gaizka está “en remisión total”, lo que les permite llevar una vida “tranquila”. Durante cinco años -van por el cuarto- deben ir periódicamente, cada 16 semanas, a revisión. Y cada una de estas pruebas despierta nuevamente el miedo de Leire a una posible recaída. Sin embargo, la salud del pequeño está como un roble, según la última revisión del pasado martes. “La leucemia le ha robado a mi hijo el ser un niño, y le ha hecho adulto de golpe. Pero al mismo tiempo le ha hecho mejor persona”, sentencia.


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