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En busca del tiempo perdido

Tabakalera acoge ‘Time MachineSoup’, un sugerente espectáculo que, mediante la degustación de doce sopas, permite viajar en el tiempo y conocer otros tantos momentos de la Historia.
2 Un crónica de JuanG. Andrés f Fotografía Gorka Bravo

Juan G. Andrés - Sábado, 13 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 10:32h

Teresa Andonegi, rodeada de 'camareros'caídos en la I Guerra Mundial tras servir el borsch rojo.

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Teresa Andonegi, rodeada de 'camareros'caídos en la I Guerra Mundial tras servir el borsch rojo.

En la novela En busca del tiempo perdido, Marcel Proust empleaba el sabor de una magdalena para despertar un manantial de recuerdos sepultados en la mente del protagonista. En el espectáculo Time Machine Soup, es la sopa la que ejerce de desencadenante de la memoria, de manera que doce caldos de diversos sabores transportan al comensal/espectador a otros tantos momentos de la Historia.
El diseñador Santos Bregaña y la directora teatral Agurtzane Intxaurraga han cocinado con esmero uno de los platos fuertes de Donostia 2016. Para organizar enTabakalera esta aventura multisensorial -o "happening lúdico", según lo denominan- han contado con inmejorables pinches: el montaje parte de una investigación antropológica de Frédéric Duhart y se enriquece de los sabrosos textos de Harkaitz Cano, los evocadores vídeos de Debolex y el cuidado diseño de iluminación y sonido preparado por Xabier Lozano y Xabier Erkizia. Convenientemente rehogados, todos esos ingredientes resultan tan exquisitos como las recetas creadas por el chef Iñigo Cojo y cocinadas por la empresa Divinus.
El patio de Tabakalera se ha transformado en una suerte de máquina del tiempo con aspecto de comedor. En un guiño al reloj, son doce sopas en doce mesas para doce personas: en total, 144 comensales embarcados en un viaje a través del tiempo que, guiado por la actriz Tessa Andonegi y la bailarina Andrea Quintana, comienza con la degustación de un caldo de tomate industrial. Distintas imágenes se proyectan sobre el mantel con música de la Velvet Underground (Venus in Furs) y Nico (These Days) mientras los estudiantes del Basque Culinary Center sirven los vasitos con el alimento ataviados con pelucas blancas en homenaje a Andy Warhol y su sopa Campbell, icono de la modernidad y de un estilo de vida en el que las prisas mandan.
La siguiente parada es 1950 y la sopa elegida, la de la abuela, también conocida como "la mejor del mundo", degustada por la audiencia al ritmo de Antonio Machín en el momento más proustiano del montaje. Pero la oscuridad se apodera de la estancia y de fondo silban las balas y rugen los morteros de la I Guerra Mundial (1914) para probar el borsch rojo, una sopa fría y agridulce de remolacha cuyo color remite a la sangre de las trincheras: las proyecciones de imágenes de archivo y la crudeza del espectral texto de Cano logran que el líquido se le atragante a más de uno.
El tren y la revolución industrial es el motivo del siguiente capítulo, un 1800 protagonizado por la sopa de osmazomo, que, según la RAE, es la "mezcla de varios principios azoados de la carne, a los que debe el caldo su olor y sabor característicos". Acto seguido, el año 1700 brinda la oportunidad de probar uno de los platos más audaces de la velada, la sopa boba que comían los pobres a partir de las sobras de los ricos;en este caso, la propuesta es un caldo de alubia roja con tropiezos de guindillas y, a modo de acompañamiento, membrillo con anchoa.
En 1600 se escuchan irrintzis, txalaparta y rumor de conjuros mientras Andrea Quintana exhibe cuernos de macho cabrío y su coreografía se torna oscura: el comedor se tiñe de rojo akelarre en la hora de la sopa mágica, la de las brujas, con sabroso sabor a setas y ancas de rana. Cien años antes, encontramos ingredientes que eran desconocidos hasta el descubrimiento de América como el refrescante coco, el maíz o el cilantro, fusionados en la sopa del nuevo mundo que los estudiantes del Basque Culinary Center sirven con los pantalones remangados, como si acabaran de desembarcar en una playa ignota.
Los camareros de la universidad gastronómica son uno de los hallazgos de Time Machine Soup, tanto que no es descartable que alguno cambie de vocación y abrace la farándula;de hecho, el público les confunde con actores profesionales, siempre metidos en su papel, especialmente cuando sirven el caldo de gallina medieval como si fueran auténticas aves de corral de hace mil años. A partir de entonces, las entregas se van espaciando cada vez más hasta llegar al año 0 de nuestra era con la sopa del César, una especie de compota caliente de peras, y al 500 antes de Cristo con el dulce veneno de la Antigua Grecia: frutas enriquecidas con cicuta.
En la recta final del espectáculo los sabores se vuelven más primitivos, crudos y agrestes. A algunos el caldo negro de Mesopotamia (3.000 antes deCristo) se les atraganta, y no solo por ingredientes como la morcilla y las manitas de cerdo que a esas alturas del banquete pueden resultar pesados, sino también por lo explícito del vídeo proyectado en el mantel, que muestra primerísimos planos de un gorrino. Y antes de la despedida llega el momento de degustar la sopa primordial del neolítico (5.000 años antes de Cristo), la que más esfuerzo de imaginación e interpretación ha exigido al chef, cuya receta ataca el paladar del comensal como un golpe de mar primigenio y embravecido.
Nuevas funciones
Híbrido original
La máquina del tiempo concluye su actividad tras 70 minutos de viaje que deja satisfechos los sentidos de la audiencia: pese al cúmulo de estímulos recibidos, la puesta en escena se sigue con facilidad de principio a fin, no hay tiempos muertos y todo fluye a la perfección. Como híbrido escénico funciona muy bien, es original, sugerente y brinda un amplio surtido de emociones:ternura, miedo, humor e incluso incomodidad y repulsión.
En el vino de despedida, algunas lenguas viperinas comentan en broma que había faltado una sopa de cerezas, en alusión al apellido del creador del fiasco inaugural de Donostia 2016, pero lo cierto es que solo se le echó de menos por contraste:en medio minuto de Time SoupMachine hay más mensaje y talento (local) que en las obras completas de Hansel Cereza.
Hoy habrá otras dos nuevas funciones, a las 19.00 y a las 22.00 horas, y la próxima semana, de jueves a sábado, tendrán lugar las últimas seis. En la web timemachinesoup.eu se puede consultar el trabajo antropológico y descargar las recetas, así como adquirir las entradas: su precio general es de 18 euros pero hay interesantes descuentos para estudiantes, jubilados y desempleados. l


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