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“¡Que viene la ola, que viene la ola!”

el paseo de salamanca congregó durante la tarde a centenares de curiosos para ver el oleaje

Un reportaje de Aitor Anuncibay. Fotografía Javi Colmenero - Miércoles, 10 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:14h

Personas alcanzadas por una ola, ayer en el paseo de Salamanca.

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Personas alcanzadas por una ola, ayer en el paseo de Salamanca.

Mientras en los locales de La Concha y la Parte Vieja de Donostia los afectados hacían inventario de todos los destrozos del temporal nocturno, en el paseo de Salamanca decenas de paseantes jugaban ayer por la tarde con las olas. “¡Que viene!, ¡que viene!”, gritaba un niño al tiempo que salía corriendo para evitar que una gigantesca garra de agua lo atrapase. El mismo día, los quebraderos de cabeza económicos para unos eran para otros un aparente divertimento, como quien corre delante de la vaquilla en una sokamuturra. Niños y adolescentes de vacaciones carnavaleras se unían a gente sin más quehacer que disfrutar del romper del oleaje, en una estampa de postal que ayer protagonizaban los propios paseantes.

La segunda pleamar prevista para las 17.10, con un nivel de 1,9 metros (la máxima histórica registrada en Donostia es de 2,4 metros), junto a la furia del océano amagaban con parecerse a la tempestad de la madrugada. En ese caso, el coeficiente llegó a 2,0 metros. No fue así.

Los curiosos se acercaban a la barandilla que asoma al Urumea entre el puente del Kursaal y el inicio del Paseo Nuevo, que permanecía cortado, para tentar la suerte de mojarse. Y algunos lo consiguieron. “¡Mira, mira, les ha cogido!”, exclamaba una joven a su grupo de amigas tras observar la escena, que se convirtió en el jolgorio general entre los congregados en la zona. En este caso, la fortuna de empaparse totalmente sonrió a una pareja que apuró tanto sacar una foto de la fuerza marina que, involuntariamente, lograron un primer plano, espuma incluida. Las risas eran generales. Ellos abandonaron el lugar como pollos bajo la lluvia, pero con expresión y andares de quien pasaba por allí y no se había enterado de que le había cogido una enorme ola.

Un coche patrulla de agentes municipales transitó por el lugar en labores de vigilancia sin que los transeúntes asomados a la desembocadura del Urumea se sintiesen amenazados por la ley. El vehículo policial desapareció lentamente;las carreras para evitar mojarse continuaban a lo largo de la orilla.

En las calles adyacentes, los vecinos entraban y salían de los portales salvando los tablones colocados en las entradas para frenar la posible venida de las aguas. Por la tarde no se repitió esta circunstancia.

A esa misma hora de la tarde, la playa de La Concha volvía a desaparecer como ocho horas antes, engullida por la tempestad. La menor virulencia del temporal evitó más desperfectos en el interior de los establecimientos situados a pie del arenal, ya muy castigados poco antes del amanecer.


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