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Bis a bis

Democracia plurinacional

Por Juanjo Álvarez - Lunes, 8 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:12h

numerosos modelos comparados, como Canadá, Bélgica o Reino Unido demuestran que es posible convivir, respetar al diferente y mantenerse unidos en la diversidad. La renovación de conceptos, la superación de viejas realidades ha de ser la base a partir de la cual podrá emerger una nueva política. El reconocimiento de la plurinacionalidad es clave para que el sistema de distribución territorial del poder político en España deje de ser como un corcho que flota, no se hunde, pero que carece de rumbo y que mantiene enquistados y sin solución viejos problemas derivados de la ausencia de un encaje, de una acomodación política a realidades nacionales como la vasca o la catalana.

Para muchos dirigentes políticos hablar de pluralismo religioso o de pluralismo cultural no plantea problema ideológico alguno;al contrario, se valora su reconocimiento y protección como prueba de una democracia moderna dinámica;¿por qué esos mismos representantes de partidos fruncen el ceño y cierran filas en torno a la negación de otra dimensión de ese pluralismo, la nacional?

Rajoy ha afirmado en varias ocasiones para reivindicar la indisoluble unidad de España que solo hay una nación, la española;ha expuesto, literalmente, que “no formamos una nación de naciones, sino una nación de personas, de individuos, de ciudadanos libres e iguales”. Ha indicado que reconocer la existencia de otras naciones distintas dentro de “su” España no es sino un fetiche político y simbólico, un mito falaz de los nacionalistas. Ha afirmado, curiosamente para reivindicar a “su” pueblo español, que hablar de pueblo vasco -concepto presente, por cierto, en el artículo 1 de nuestro Estatuto de Gernika-, que apelar al concepto de pueblo es construir una ficción, algo que no existe: solo existen, en esta peculiar concepción de “su” democracia, individuos, ciudadanos que tienen ideas diferentes.

La realidad política demuestra -basta comprobar el desarrollo de la legislatura pasada- que el nacionalista españolista se muestra más excluyente que las identidades periféricas. El nacionalismo vasco valora sin complejo alguno, al contrario, como un factor aglutinador de una realidad nacional vasca abierta y plural, las identidades duales, el reconocimiento de un sentimiento de pertenencia complejo;acepta y valora, faltaría más, la libertad individual y la diversidad nacional.

La estructura política del mundo, lo quieran o no desde Madrid, transcurre cada vez más a niveles horizontales;antes todo funcionaba verticalmente, desde polos nacionales centralizados de exclusiva competencia y responsabilidad. Ahora, por el contrario, emergen múltiples centros de decisión a todos los niveles: frente a la estructura vertical de los Estados-Nación se alzan, como preveía la tristemente fracasada Constitución europea, los pueblos que exigen descentralización y centros propios de decisión.

Frente a la ecuación decimonónica “a cada Estado una sola nación y a cada nación un solo Estado”, hoy día no es posible concebir y gobernar la complejidad de la vida en sociedad adscribiendo un solo “demos” o sujeto político por democracia. Las teorías clásicas ni se lo plantean, pero el principio de igualdad que se predica y proyecta sobre los ciudadanos -porque son individuos de “su” Estado- debe también proyectar su operatividad a los restantes “demos” en democracia. Solo así, abriendo la mente política ante la complejidad sobrevenida de esos principios y valores clásicos será posible responder a los retos que plantea una realidad democrática tan diversa y heterogénea como compleja.

No estamos hablando de conflictos inventados o de falsos conflictos. Resolver las reclamaciones de reconocimiento nacional planteados por una amplia mayoría de la sociedad vasca o catalana exige nueva cultura política, plantea y propone el recurso a nuevos conceptos por parte de los actores políticos. Hay que modernizar unos términos que han quedado fosilizados, han devenido obsoletos. Y eso solo es posible trabajando en la instauración de una democracia de consenso, donde mayorías y minorías participen en la elaboración de las políticas del Estado -Bélgica o Suiza dan buena muestra de ello-, no confundiendo lealtad con sumisión ni colaboración con renuncia, reconociendo de forma explícita esa democracia plurinacional.

Falta pedagogía política. No hay por qué demonizar estos planteamientos. Hay muchos ejemplos comparados en el mundo que demuestran cómo es posible una convivencia planteada en esos términos de reconocimiento del diferente desde el respeto recíproco, sin prepotencias ni imposiciones.

Cuanto más tarden políticos como Rajoy en admitir esta nueva realidad, más tardarán en superar un estado anímico que, como ocurre con el duelo sobrevenido tras el resultado electoral y la amarga por -insuficiente- victoria de su partido, pasa por cinco fases: incredulidad, añoranza, enfado, depresión y aceptación.


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