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Cuando a Leizaola le pegaron en el Congreso

Domingo, 7 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:15h

En septiembre se cumplen 120 años del nacimiento de quien fuera lehendakari y antes, en tiempos nada sencillos, diputado en Madrid. Quizá Patxi López deba conocer su historia

En la célebre película Sopa de Ganso, Rufus Firefly (Groucho Marx) es nombrado presidente de la República de Libertonia. En su toma de posesión declara solemnemente: “No permitiré de ningún modo la corrupción…. sin que yo reciba mi parte”. Acto seguido, nombra como ministro de la Guerra a un vendedor callejero de cacahuetes que casualmente trabajaba como espía para una potencia enemiga, Sylvania, y al estallar la guerra, ante la falta de tiempo para cavar, pide que le sirvan trincheras prefabricadas. Y al general que informa de un ataque de gas en su sector le recomienda una cucharada de bicarbonato.

Sí, ya sé que es una película de Groucho Marx, pero se parece mucho a la actual política española;con una ronda de contactos con el rey de película, anatemas contra todo quisqui, un Pablo Iglesias formando un gobierno en el que deja al PSOE la portería de La Moncloa, una señora que va con su nene a que le saquen fotos y un exlehendakari elegido gran presidente de la tercera institución española. Pues sí. Ahí tenemos de presidente del Congreso a don Patxi López, al que un locutor de radio llama groseramente “Patxi Nada”.

Por aquí se dice que no hay nada más importante para un vasco que ser lehendakari. Es el súmmum. No así para don Patxi, que no se va a Madrid a arreglar la política territorial del PSOE desde su experiencia de presidente de la Comunidad Autónoma Vasca con apoyo del PP, sino a presidir un Congreso de los diputados en el que pinta menos que Maximino en Haro. Ahora se dice que ya no es Maximino el que no pinta sino don Patxi. “Pintas menos que López en la Mesa del Congreso”. Ha habido dos votaciones y las dos las ha perdido. ¿Para eso ir a Madrid? ¿Se explica el PSE la reserva que tenemos hacia quienes hacen de la Villa y Corte su estación Terminide la política? Corcuera, Múgica, Almunia, Eduardo Madina, Benegas, Jaúregui, Aranzadi, Redondo, Eguiagaray, Gabilondo, y un largo etcétera. Al parecer, su compromiso no es con su tierra, sino con la de los demás. Su patria querida se les queda pequeña y se van a la Villa del Oso y el Madroño como Rufus Firefly.

Todo esto me ha venido a la mente al leer un apartadito de la página de Opinión del 21 de enero que decía: “¿Sabía que una de las primeras decisiones que debe tomar Patxi López como presidente del Congreso es si mantiene o no los dos crucifijos que adornan la pared y una mesa de su nuevo despacho?”.

No sé si don Patxi ha tomado la decisión pero, por si acaso, deseo ilustrarle sobre el asunto.

En 1931, la beligerancia política de aquel primer parlamento de la República contra la Iglesia católica y sus órdenes religiosas fue muy intensa. Desde aquella frase de “España ha dejado de ser católica” de Manuel Azaña, pasando por la quema de iglesias y conventos, el anticatolicismo y ateísmo militante de varias de las fuerzas representadas en el Congreso, a la necesidad de regular de otra manera la educación de forma no confesional, la aprobación del divorcio y el matrimonio civil, una nueva ley de órdenes religiosas para su subsistencia... el caso es que los debates sobre estos asuntos entre el 8 y el 14 de octubre de 1931 fueron muy largos, apasionados y de gran dureza. Solo en este contexto se explica el por qué la derecha navarra quiso pactar con el Partido Nacionalista Vasco una candidatura común que había dado origen a la Minoría Vasco-Navarra. Lo dijo en Gernika, con su habitual cinismo, el conde de Rodezno: “Cuando se va por el mar, todo el mundo navega a gusto en barco hermoso, en un trasatlántico. Pero cuando el barco hace agua, todo el mundo toma también el barco salvavidas”. Y el barco salvavidas para unos era la Minoría Vasco Navarra mientras para Indalecio Prieto era un intento intolerable “de hacer con el País Vasco y Navarra un Gibraltar reaccionario y un reducto radical en oposición a las ansias democráticas de toda España”. El famoso “Gibraltar Vaticanista”. Y todo a cuenta del artículo que queríamos se aprobara en el Estatuto de Estella según el cual Euzkadi, como Baviera, podría tener relaciones directas con el Vaticano.

En ese clima, tanto José Antonio Aguirre, como el entonces diputado Jesús María Leizaola defendieron los criterios propios de un partido entonces confesional como era el PNV, pero el clima era tan tenso que dio origen a una agresión física a Leizaola del diputado radical Ricardo Carreres, que Aguirre contó de la siguiente manera: “Había comenzado la votación y casi todos los diputados bajaron al hemiciclo, agrupándose bajo la presidencia. Parecían un orfeón bien disciplinado. Como obedeciendo a una consigna, comenzaron a aplaudirnos en chanza. Las tribunas bien aleccionadas, les secundaron. Y, como si fuera poco, comenzaron a gritar: “¡Mueran los vascos! ¡Mueran los católicos!”. Nosotros -me refiero a los nacionalistas-, ante la provocación, contestamos “¡Gora Euzkadi azkatuta!” como mueras nos eran dirigidos. Crea usted que fueron bastantes. Y entonces dos o tres jabalíes se destacaron del orfeón y avanzaron hacia el señor Leizaola, que estaba algunos escaños más abajo que nosotros y le increparon de haber gritado “¡Muera la Repúblical”, cosa absolutamente falsa, como el testimonio de los taquígrafos podía demostrar. El señor Leizaola les contestó correctamente negando el hecho y entonces siete u ocho contrarios más le rodearon y uno de ellos, por detrás, sin que el señor Leizaola pudiera darse cuenta de la agresión, le dio cobardemente un puñetazo en la nuca. Yo salté de escaño en escaño para castigar al agresor. Acudieron también Basterrechea, Robles, Eguileor... Pero cuando llegamos, el agresor se había mezclado en el grupo. Algún otro diputado contrario -justo es decirlo- intervino para cortar el incidente y así acabó todo. Mientras tanto, Besteiro, debió romper dos o tres campanillas”.

Como se ve, ser diputado en aquel Congreso no era una pera en dulce. Pues bien. Pasada la dictadura y tras regresar el 15 de diciembre de 1979 Leizaola del exilio como segundo lehendakari tras la muerte de Aguirre, una de esas noches de los años 80, el entonces lehendakari Ardanza ofreció una conferencia en el Club Siglo XXI de Madrid a la que, entre otros, acudió el lehendakari Leizaola.

Al día siguiente le saludé en el Hotel Palace y, como este edificio se encuentra a escasos trescientos metros del Congreso, le pregunté a Leizaola si desearía visitar aquella que había sido su casa en tiempos de la República. Me dijo que no. Sin embargo, al poco, me llamó para decirme que tenía interés en averiguar una cuestión. Y me trajo a colación aquella agresión sufrida en octubre de 1931 contándome que el presidente del Congreso, el socialista Besteiro, tras el incidente contado por Aguirre, le había llevado a su despacho y que lo que más le había impresionado de aquella jornada había sido el crucifijo de marfil que Julián Besteiro, socialista como López, tenía en aquella habitación. Leizaola quería saber tan solo si aquella cruz continuaba allí.

Presidía en aquel momento el Congreso don Félix Pons Irazabal, diputado socialista por Mallorca que, en ese momento, no estaba en su despacho, aunque pudimos (Olabarria, Echeverria, Zubia y yo) visitar la estancia, no encontrando el citado crucifijo. Pero como la cuestión era tan peculiar y se trataba de una personalidad como Leizaola, los servicios de la Cámara se pusieron a buscar el citado símbolo, encontrándolo en el despacho del letrado Claro José Fernández Carnicero. Desde entonces, afortunadamente, volvió al despacho, respetándolo los socialistas Marín y Bono así como Trillo y Rudi.

Vuelvo a la historia. Al poco, llegó el presidente Pons, que atendió con mucha consideración al antiguo diputado y este le contó varios de los muchos recuerdos que tenía de su trabajo como representante por Gipuzkoa y las vivencias con su compañero Aguirre. Quizás las nuevas Cortes en 1977, por las urgencias del momento, no tuvieron el reflejo de reunir en aquella casa a los supervivientes de una vida parlamentaria tan rica que se quebró tan abruptamente por lo peor que le puede ocurrir a un país: una guerra civil. Las siguientes generaciones nos hemos perdido las sabias reflexiones de aquella generación que mayoritariamente murió o vivió en el exilio.

Estoy seguro de que esta historia no la conoce Patxi López y, lo que es peor, de que le interesa un pito. Pero a mí, sí. Y a mucha gente también. En septiembre se cumplen 120 años del nacimiento de aquel diputado guipuzcoano, Leizaola, al que pegaron en el Congreso. Era del PNV, llegó a ser lehendakari y su máximo honor fue haber ocupado este insigne puesto. Y no quiso más.

Su compromiso no es con su tierra, sino con la de los demás. Su patria se les queda pequeña y se van a la Villa del Oso y el Madroño


Se cumplen 120 años del nacimiento de Leizaola. Llegó a ser lehendakari y su máximo honor fue haber ocupado este insigne puesto. No quiso más


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