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Cada cuatro años

Imanol Galdos Irazabal - Sábado, 6 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:14h

Se repite el ritual y, entre otras, se nos brinda una inmejorable oportunidad para extender nuestros conocimientos de la geografía norteamericana. Y no es poco. Tal como ocurrió con el interminable recuento en las elecciones presidenciales de 2000 en Florida, en las que nos graduamos en la memorización de las countysdel estado, la bandera de inicio de los caucus en Iowa nos sitúa ante nombres como Cerro Gordo o Pottawattamie, absolutamente fuera de los circuitos habituales del país.

No cabe duda de que quienes en evidente minoría miramos con interés y admiración todo lo que acontece allí corremos el riesgo de caer en una mitificación que tampoco es deseable. La gran mayoría es más tendente a calificar aquello como algo cercano a un espectáculo, excéntrico, insustancial, lejos del rigor del que aquí, en el otro del océano, alardeamos día va y día viene.

Sin caer en el desprecio a lo propio ni en la sobrevaloración de lo ajeno, existen ,sin embargo, enseñanzas interesantes. En primer lugar, sin duda, lo que uno envidia es el vigor, el tono, la fuerza, la intensidad, el tono festivo de un proceso extraño en nuestra tradición. Asambleas que transcurren en un clima de tolerancia y de respeto mutuo, donde la discrepancia es tolerable y asumible, donde las madres y padres no necesariamente coinciden con sus hijas e hijos, y donde, ante todo, se escucha y se participa. Actitud para cambiar de opinión en el transcurso de la asamblea, sin prejuicios.

Todo aquello rezuma un aroma de reunión vecinal, muy en el espíritu del comunitarismo norteamericano, en un ambiente muy casual. Se aproxima a algo por lo que suspiramos y aspiramos últimamente. Aspiramos a recuperar sensaciones y tonos que nos hemos dejado en el camino. Nos sobra rigidez y y nos falta naturalidad, necesitamos de más margen de actuación. Todo se desarrolla en un espacio demasiado encorsetado y ello perjudica el logro de lo que pretendemos conseguir.

Es cierto que tampoco el comunitarismo norteamericano se escapa a esa crisis que tanto nos ocupa y preocupa. La búsqueda de nuevos instrumentos de participación en la política, en los asuntos públicos, la renovación del sistema político, son algunos de los grandes debates que hoy se suscitan, también allí.

En cualquier caso, la coincidencia es unánime en la necesidad de abrir ventanas, en superar el actual estado de escepticismo y de desánimo. Y es en este contexto, donde uno percibe algo diferente en el tono del proceso de los caucus y primarias.

No cabe duda que las asambleas o las reuniones de todo tipo no son exclusivas del país norteamericano. Son parte de nuestra tradición también aunque con formulaciones diferentes. Lo que urge recuperar son las condiciones que hacen que el proceso sea creíble, válido y sirva para apuntalar la salud democrática de nuestra sociedad.

Las realidades son diferentes y la comparación resulta difícil, sin duda. La misma existencia de la afiliación política no tiene una correlación idéntica en Estados Unidos, ni la importancia de las estructuras de poder y gestión de los partidos es la misma. Y con toda razón se puede alegar sobre la escasa participación ciudadana en muchas de las contiendas electorales de Estados Unidos, dato que por sí sirve para matizar mucho en relación con la mayor o menor solidez de las respectivas sociedades.

Es un modelo y como tal conviene analizarlo con interés, e intentando extraer conclusiones válidas de cara a un escenario diferente. Desde la distancia da la impresión de que es un ejercicio saludable de la democracia. Es el inicio de un largo proceso que culminará a mediados del año con las convenciones de los partidos. El espacio se achicará a medida que el proceso se desarrolle y entrarán en juego otro tipo de intereses y de equilibrios. Pero este ejercicio de democracia justifica de largo lo que esperamos de la política. Habrá merecido la pena.

De partida algo que ha funcionado durante tanto tiempo merece nuestra atención y nuestro respeto, y no esa ligereza de juicio que minusvalora todo lo americano por el hecho de serlo. Cada cuatro años, a algunos nos sirve para reconciliamos con todo aquello que intentamos preservar y fortalecer, más allá de las incertidumbres que nos acechan. Sin idealizaciones, pero reconociendo la fortaleza que muestra.


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