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Puentes de colores sobre el Urumea

Por Iosu Perales - Miércoles, 3 de Febrero de 2016 - Actualizado a las 06:12h

El escritor Julio Cortázar en su Libro de Manuel escribió que un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente puente mientras los seres humanos no lo crucen. Un puente es un ser humano cruzando un puente.

Frente a la barbarie de los muros, los puentes como metáfora de la vida unen razas, religiones y géneros, y nos ayudan a construir sociedades tolerantes y abiertas, coloridas y diversas. Los puentes como canto a la vida de todas las vidas, no importa de dónde vienen ni a dónde van.

Queremos puentes de encuentro, no puentes levadizos que diría otro argentino, Juan Gelman. Que baje el puente y que se quede bajo, para que lo crucen el amor, las voces y los gritos, y la tristeza con sus brazos abiertos, y la ilusión con sus zapatos nuevos, y se pierdan en el río los rencores y la xenofobia con su niebla. Que no sea el puente de los adioses sino el puente donde se abrazan las palabras y las culturas se dan la bienvenida.

Hemos de ver y entender los puentes como uno de los símbolos más importantes del catálogo universal de arquetipos colectivos. En la unidad que representan habita la idea de que todos los seres humanos nacemos libres en dignidad y en derechos, y dotados como estamos de razón y conciencia, debemos comportarnos fraternalmente los unos con los otros. Si este fundamento quiebra, quiebra todo el entramado normativo e institucional sobre el que se asienta nuestro edificio civilizatorio. Los puentes multicolores nos recuerdan que no importa el origen, ni las creencias, ni el color de la piel, ni la edad ni el sexo, pues el derecho a vivir dignamente de todos y todas es un derecho de nacimiento. Si una sociedad bárbara es aquella en la que algunos miembros están de sobra, vivimos los más bárbaros de los tiempos, escribió el sociólogo Imanol Zubero.

Los puentes multicolores son puentes solidarios en un mundo a la deriva. Puentes sobre los mares Mediterráneo y Egeo para encontrarnos con los siempre sospechosos de todo, los que han sobrevivido a las pateras, y a las mafias, los que nunca sabe nadie de qué aldea son, los mejores artesanos de la madera, los descendientes de aquellos que fueron esclavos en las minas de reyes y empresas europeas, los que mueren de paludismo y de malaria y del ébola y de las picadas de escorpión, los reyes del hambre, los que trapichean para malvivir, los perseguidos por la guerra en su propio país, los que huyen del fundamentalismo armado, los indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, que diría el poeta salvadoreño Roque Dalton, los que nacieron medio muertos y sobrevivieron medio vivos a las sequías, a la hambruna y la malnutrición, a las epidemias, al espanto de las bombas y las balas, los que mueren en silencio, los tristes más tristes del mundo, nuestros hermanos. Ser africano, eso que se mueve, es la mitad de la vida que les dejaron.

Tendamos puentes contra la infamia y unámonos contra la manipulación que nos quiere arrebatar todo gesto solidario y hagamos lo que el corazón nos diga. Puentes cortos, largos, antiguos, modernos, vetustos y estilizados, todos los puentes llenos de gente de pieles diversas, de lenguas y culturas diferentes, de hombres y mujeres, de generaciones distintas, todos a una haciendo una nueva humanidad, levantando una civilización de la solidaridad. Puentes para construir otro mundo posible.

Donostia tiene puentes variados y hermosos. Unos pocos de piedra y hierro y otros muchos hechos de manos que se entrelazan y de voluntades que confluyen. En la ciudad se mueven más de 200 organizaciones de acción social, 80 ONG de cooperación, y más de 20 asociaciones de DDHH. Son otros tantos puentes que tienen como pilares a mujeres y hombres reformadores sociales que hacen de la solidaridad una forma de vida. Estos puentes humanos y humanistas tejen en la ciudad redes que construyen lo inédito viable: una ciudad volcada a la acogida, a la convivencia, a la pluralidad, a la solidaridad.

Es así como la ciudad palpita amor a la vida, un amor que vence en su duelo a muerte contra el silencio. Los puentes de la ciudad dialogan con las culturas y las razas en un proceso teleológico que reconoce a los otros su forma de estar en el mundo, que actúan, piensan y sienten de manera diferente. Nuestros puentes multicolores reconocen el derecho a ser distintos, y reconocer la libertad a vivir ese derecho está en la base de la ética. Como dijo el filósofo Kart Jáspers: “Llegamos a ser nosotros mismos solo en la medida en que el otro llega a ser él mismo, a ser libres solo en la medida en que el otro llega a serlo. De ahí que la intercomunicación humana sea el problema central de nuestra vida”. Que así sea el 2016.


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