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La conjura de los jarrones

Por Xabier Lapitz - Domingo, 31 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:14h

Xabier Lapitz

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Xabier Lapitz

estos días me he acordado mucho del ensayo que hace exactamente dos años publicó Iñaki Anasagasti bajo el título Jarrones chinos, en referencia a los expresidentes del Gobierno español. La expresión la importó de Venezuela, según cuenta el propio autor, y hasta en eso parece que le viene que ni pintada a Felipe González, convertido en el adalid internacional en la lucha frente al chavismo.

Los de Felipe González como quinta columnista en su propio partido no es novedoso. Tirando de hemeroteca me encuentro con algunas perlas que no tienen desperdicio;no iban dirigidas a Pedro Sánchez, a quien casi antes de saltar al campo ya le ha tratado de lesionar con esa entrevista en El País, sino contra el PSOE de Rodríguez Zapatero, el único de los “jarrones chinos” vivientes (el resto fallecieron) y que está manteniendo una exquisita prudencia.

González saco un rato de sus múltiples ocupaciones, ya saben que anda entre consejos de administración de grandes corporaciones y paseos en yates lujosos, para darse una vuelta por la Universidad de Verano de la Complutense en julio de 2011 y decir que él era “militante pero no simpatizante, y lo normal es lo contrario” y explica Anasagasti que remató con una figura que le retrata en la megalomanía: “Soy un jarrón grande en un apartamento chiquito”.

En realidad, hay serios motivos para sospechar que a Felipe González el único PSOE que le gusta es aquel del que él fue secretario general. A partir de esa premisa, nada de lo que haga cualquiera de sus sucesores le parecerá bien. Y si para eso tiene que proponer una suerte de alianza de baja intensidad con el PP de Rajoy, pues la impulsa, aunque sea en el momento más inoportuno. La única duda que me queda a esta altura es si Felipe González, al que yo no puedo separar del GAL, sigue siendo socialista. O si lo que el director del periódico de Prisa llama “socialista clásico” en el que engloba al expresidente no es directamente la derecha clásica.

Algunos próceres del “felipismo” no esconden tanto esta querencia: ahí tienen a Corcuera o a Leguina, alimentando no ya la derecha sino la ultraderecha. Lo de ser socialista debe ser como lo de de la condición sacerdotal, que uno se hace cura para toda la vida aunque adore a Lucifer. Sobre todo si el diablo paga bien;si tienen duda, pregunten a Leguina, pensionado de Esperanza Aguirre hasta ayer.

Pero González no ha sido el único jarrón que ha decidido sacudirse el polvo para llamar la atención en el tumultuoso salón español. También Aznar se deja caer. Es sorprendente que quien pronunció aquello de “váyase señor González” coincida “en lo nuclear”, que diría Luenga, con el discurso del expresidente socialista.

Aznar se fue pero no. Me explico: se marchó porque él mismo se fijó la salida pero siempre nos quedará la duda de si se arrepintió al segundo siguiente de anunciarlo. De hecho, en la despedida dejó dijo que volvería “si fuera necesario”. Me temo que Aznar siempre se considera necesario. También comparte con González ese dejarse querer, que no se sabe si es real o ficticio: “Muchos me han dicho que debería volver”. Si la imagen de González la asocio al GAL, la de Aznar me evoca el asesinato de miles de inocentes en Irak. Lo siento, pero ese es el balance de sus mandatos que obra en mi imaginario. Así que prefiero un futuro incierto que las certezas de los jarrones chinos.


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