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Tribuna abierta

Futuros para la innovación

Por Ander Gurrutxaga Abad - Domingo, 31 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:14h

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La innovación no busca, en sí misma la excepcionalidad ni la ruptura -aunque a veces las alcanza-, se apoya en las buenas prácticas y en objetivos pertinentes en los ámbitos y en las dimensiones en que se mueve.

Hablar de innovación es un lugar común en las sociedades de nuestro entorno. La impresión es que el concepto se mueve sobre terrenos procelosos. Las llamadas y su voz son penetrantes, formalizan códigos, actividades, objetivos, formas de hacer, maneras de estar y de decir. Es tan fuerte que tiene el peligro de ser el “recurso para todo”, como si fuese el antídoto natural al que se recurre. En todos los casos, el espacio expresivo está ocupado por la retórica del discurso, como si el uso se correspondiese al de un concepto contenedor que vale para todo y se cita en diversos casos, circunstancias o intereses.

Carlos Domingo dice, por ejemplo, que se ha convertido en el motor más importante de transformación y crecimiento de las empresas con un alto impacto en la sociedad. “Hoy en día -dice- podemos afirmar que es la disciplina más en boga en los círculos de negocio y más allá, a pesar del abuso que a veces sufre el uso del término”. Otro autor procedente del mundo de la economía y de los negocios, X. Ferrás, afirma que forma parte de la cartera fundamental de valores del siglo XXI. P. Drucker se había referido a la innovación como el trabajo racional, premeditado, sistemático y organizado por parte de los gerentes de las empresas.

El carácter difuso y penetrante de la idea genera algunos problemas. En muchas prácticas se alimenta el olvido de los condicionamientos y los contextos, es decir, se prescinde del análisis de las barreras y las dificultades que tiene en la práctica y a pie de obra, la transformación que innova. A veces, se tiene la impresión de que se comporta como si estuviésemos ante procesos ciegos que se mueven siguiendo reglas determinadas, como si los límites y las consecuencias no previstas no jugasen ningún papel y en los que sólo la voluntad de agentes y agencias ponen orden en estos pronunciamientos y definen los territorios de la praxis. A estas alturas ya se sabe que “la voluntad no mueve montañas” y ésta es posible si se construyen contextos socio-culturales e institucionales donde se comparten objetivos, redes de confianza, lealtad, conocimiento y los entornos preparan las condiciones para que el cambio y las transformaciones sean posibles.

El resultado es que los problemas y las paradojas son, en ocasiones, difíciles de asumir. El mundo económico-empresarial y las instituciones públicas, por ejemplo, se encuentran con límites para crear innovando, hay debilidad en las inversiones económicas, fallan las oportunidades, hay déficit de conocimiento de cómo funciona el proceso innovador. Los orígenes de los problemas son estructurales y entre las expectativas generadas y las oportunidades vividas hay desajustes. Pese a la insistencia en la capacidad creativa del individuo y el papel de la estructura laboral, éstas no son claras ni nítidas. La lealtad, la confianza y el conocimiento institucional son herramientas difíciles de alcanzar, por más que en su auxilio acuden la praxis de la responsabilidad social empresarial, el capital social, planes de calidad y gobernanza u otros incentivos organizativos. Otros peligros proceden de los procesos de cambio en las empresas y en las instituciones públicas. Fomentar el cambio es más fácil en los discursos y en la retórica que trasladarlo a pie de obra. A veces, por ejemplo, tropieza con el papel de algunos grupos de presión que dicen querer innovar, pero los usos que hacen de su posición tiene más que ver con el objetivo de controlar el cambio y/o neutralizar el proceso que con impulsarlo -diagnosticando bien y evaluando mejor las dificultades-, desconociendo que el tránsito a definiciones y a prácticas abiertas demuestran que ni la empresa, la institución pública, el empresario, los productos, el trabajador, el cliente, el ciudadano o el consumidor no son ya los mismos que en décadas pasadas ni representan similares papeles.

Pero el mayor peligro es que la innovación sea acogida como si fuese un concepto religioso en el que la creencia y la fe están por encima de sus virtudes empíricas, como si se tratese de la profecía autocumplida donde ni las condiciones del mensaje ni el punto de salida se comprueban y la retórica es más importante que los beneficios o las consecuencias que promueven. Para que funcione hay que tener claro el valor y la importancia de los buenos ejemplos y las mejores prácticas. Hay ciertamente muchas (y, a veces, no son ni las más citadas ni las más laureadas). No hay que perder de vista que, en la mayor parte de los casos, ni la creatividad, ni el emprendizaje ni la innovación se construyen sobre la posesión de rasgos carismáticos o excepcionales, pero sí sobre las buenas prácticas, con mucha empatía y sobre todo con hacer bien aquello que debes hacer. Lo que mantengo es que debe acercarse la mirada y seguir de cerca las actividades o, si se prefiere, atender lo que hace el sujeto responsable en el mundo cotidiano;sean, a modo de ejemplo, el buen profesor, el buen compañero, el buen estudiante, el buen trabajador, el buen empresario, el buen político, el buen gestor…

Mi idea es que lo extraordinario de la creatividad innovadora está en la cotidianeidad de las buenas prácticas. La innovación no busca, en sí misma la excepcionalidad ni la ruptura -aunque, a veces, las alcanza-, se apoya en las buenas prácticas y en objetivos pertinentes en los ámbitos y en las dimensiones en los que se mueve. Hay, obviamente, que enfrentar los problemas que plantean las paradojas y la retórica del cambio, no nos ocurra lo que plantea G. de Lampedusa en la novela El Gatopardo, cuando en boca de uno de sus personajes -el príncipe Salinas-, sintetiza una estrategia de innovación invertida de esta naturaleza: “cambiar para que nada cambie”, “cambiar para que todo siga igual”, “afirmar el futuro pero negar el futuro”, “proclamar el talento pero huir del talento”, “apostar por la inteligencia pero renegar de la pasión”, “transformar la mediocridad pero que nadie toque la mediocridad”.

A estas alturas ya se sabe que se ha erigido la industria de la innovación, levanta fábricas en su honor en las que se celebra la creatividad pero también el ruido, la confusión y el movimiento permanente donde la velocidad de la necesidad impone, en ocasiones, el código de lo que debe ser, pero donde sus efectos no pueden realizarse porque la velocidad y la carencia de referentes empíricos claros que impone obliga a vaciarla antes de ser empleada o de haber evaluado sus resultados, como si la fuerza estuviese en nombrarla o reiterarla. Probablemente, el panorama se aclare bastante si se encuentra la carretera para transitar y si cesa parte del ruido que se promulga alrededor de este bien. La industria de la innovación -las agencias, las instituciones, los agentes especializados- están para realizar los objetivos buscados en la definición del objeto, no para aceptar los rugidos del ruido, la moda o los nuevos intereses que acechan detrás de esta realidad. Si la tendencia del poder de la retórica o las llamadas al contenedor se imponen, probablemente se esté decretando la disolución del objeto o su ocupación por el ruido de la retórica, por el vacío que promueve su inercia o la construcción de otras respuestas cuyo objetivo es disolver la capacidad crítica, pragmática y transformadora de la innovación.

El estudio Innovación, capital intangible y productividad en la economía vasca (1995-2012), realizado por el economista Alberto Alberdipara la agencia vasca de innovación Innobasque, señala lo siguiente: “La principal conclusión obtenida es la de un débil crecimiento comparado tanto de la productividad del trabajo como de la PTF -productividad total de los factores- y la de un escaso esfuerzo de profundización del capital intangible durante la larga ola de crecimiento de la llamada Gran Moderación”. Probablemente, los hechos que señala el estudio estén acompañados por cierta debilidad de las estructuras organizativas dedicadas a la innovación, con una tendencia a transformar la energía creativa de estas instituciones en agencias de marketing público. En fin, cuestiones que debieran formar parte de una agenda específica. La era del conocimiento no espera a nadie si no se actúa sobre las condiciones y los condicionamientos desde los que también se expresa.

Si la tendencia del poder de la retórica o las llamadas al contenedor se imponen, probablemente se esté decretando la disolución del objeto o su ocupación por el ruido


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