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El beaterio

El beaterio: Un tiempo de tormento con final feliz

Por Iñaki de Mujika - Domingo, 31 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:15h

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Ruben Pardo trata de dar un pase ante la vigilancia de N’Diaye y Molinero.

el barrio sevillano de San Bernardo cuenta con muchos e interesantes lugares que le conceden personalidad propia. Es muy taurino y posiblemente muy bético. Un día me llevaron a una de esas tabernas, cerca de la calle Coña, cuyas paredes están plagadas de cristos, vírgenes, toreros, con especial apego a Manolo Vázquez, y fotos del Betis de todas las épocas, algunas deterioradas por el paso del tiempo y por los humos y grasas del aceite utilizado en miles de freidurías.

En estos sitios lo mejor que puedes hacer es dejarte llevar y observar lo que la gente pide y escuchar las conversaciones, que casi siempre son futboleras. Allí no cabe un sevillista palangana, porque saldría estremecido. Es la rivalidad elevada a grado sumo. Tienen gracia, ocurrencias y buena mano para dar de comer el guiso del día (fantásticos garbanzos con espinacas) o montaditos originales que no les he visto nunca en ninguna parte (chorizo picante con mahonesa de huevo frito o uno de anchoas con leche condensada). ¿A que os suena raro?

La barra del establecimiento no es muy grande. Abren muy pronto por la mañana para atender a los trabajadores que madrugan. Se hinchan de servir cafés con leche y bollito de pan tostado con mantequillita colorá. Un día tras otro como si el mundo no se fuera a terminar nunca. Abre el marido, se incorpora la señora a la hora de la cocina, y un camarero de los de toda la vida con chaquetilla blanca, veterano, y al que todos llaman “Pepeee” cuyo horario debe ser elástico. No son más.

Un día que jugaba la Real en el Villamarín nos dimos una vuelta por ver qué se mascaba en el ambiente. Ahí es donde le coges el pulso a la realidad y captas las sensaciones. Intuyes que el equipo está bien o mal, palpas el tono moral y te haces una composición de lugar que pocas veces coincide con la realidad. La gente piensa una cosa, sueña con otra, pero esa conclusión pocas veces va a misa. Aquel día nos tomamos una ronda de cañas con un platito de jamón, cortado como solo ellos lo saben hacer. Como nos vieron con sed, la ronda de cañas se repitió. A la hora de pedir la cuenta, el señor de la barra comentó sonriente: “A la segunda les invito yo, para que vuelvan”. Estas cosas solo pasan allí.

Quiso la casualidad que los béticos llegaran ayer a Donosti al hotel frente al cual estaba tomando el aperitivo, nada parecido al de Sevilla. Serios, sin ganas de nada que no fuera entrar al recinto y acceder a las habitaciones. La correspondiente vigilancia policial y la sensación de que los futbolistas viven muchas veces en una burbuja, ajenos al mundanal ruido, al menos cuando se mueven colectivamente, anuncian que hay partido aunque en aquel momento faltasen bastantes horas para su comienzo. No voy a caer otra vez en el soniquete de siempre, pero las diez y cinco de la noche de un sábado, por muy de caldereros que sea, es infumable.

La derrota en Gijón (por la contundencia de la misma y el modo en que se produjo) dejó a la tropa estupefacta. Lo mismo que a todos los demás. Por inesperada. Supongo que durante la semana el entrenador trató de rearmar a sus hombres en lo moral y en la creencia de que el trabajo emprendido desde su llegada no debía sufrir menoscabo. Con la enfermería abarrotada, el técnico hilvanó con pespuntes un equipo con la sana esperanza de que fuera competitivo. Modificó la defensa con Mikel González en la titularidad y le dio desde el principio galones de titular a Oyarzabal, quizás tratando de encontrar más juego y equilibrio con el retorno de Illarra a la bisagra.

Las cosas iban por el buen camino hasta el descanso, porque dos buenos cabezazos tras dos espléndidos centros ponían en franquía el marcador, el partido, el dominio y las sensaciones, pero ya hemos dicho mil veces y escrito otras tantas que este equipo no es un dechado de fortaleza. El gol sevillano nos nubló la vista y el sentido, al mismo tiempo que nos aceleró las pulsaciones a todos. Desde ahí al final, rezando todos aquello de “Virgencita, que me quede como estoy”. Felizmente los tres puntos se quedaron en casa, pusieron fin al tormento del segundo tiempo y a lo mejor nos dan calma. La necesitamos tanto.


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