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A por ellos

A por ellos: Dejada a botepronto

Por Mikel Recalde - Sábado, 30 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:16h

Mikel Recalde

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Mikel Recalde

Todos hemos necesitado en un momento de nuestra vida un fuerte abrazo. Los hay de todo tipo. De oso, de amor, de cariño, de compasión, de ánimo... Yo les voy a hablar de uno de los que para un loco del fútbol es el mejor, un buen abrazo de gol. Me remonto al 27 de junio de 1987. Yo tenía 12 años y, pese a mis airadas súplicas, me tuve que conformar con ver la final de la Copa Real-Atlético por televisión. El motivo de no viajar hasta Zaragoza era mucho más cruel aún, ya que a medianoche tenía que subirme a un autobús para viajar hasta Bruselas donde iba a pasar 15 días en casa de mis tíos aprendiendo francés. Mi padre incluso tuvo la osadía de dejar caer, cuando iba a comenzar la prórroga, que igual me iba a tener que perder el final si se seguía prolongando el duelo hasta la tanda de penaltis, a lo que creo que repliqué con un gruñido de perrolobo. Nada más parar el penalti decisivo Arconada a Quique Ramos, me subieron al coche y me trasladaron a la estación de Donostia en una operación salida más rápida que la evacuación de un presidente en mitad de un atentado.

No lo olvidaré jamás. Con toda las calles de la ciudad encendidas y enloquecidas, con los coches tocando las bocinas, me tuve que subir a un frío autobús procedente de Galicia, Asturias, Cantabria y Bizkaia con gente que no sabía ni que se había disputado una final de la Copa. Yo solo tenía ganas de ir chocando la palma de mi mano con todos ellos, pero lo único que tenían reservado para mí era un frío asiento en pasillo con una señora mayor detrás que no dormía e hizo punto toda la noche, por lo que no me dejó ni inclinarlo levemente (28 años después me temo que mi padre sigue con cargo de conciencia, no pasa nada, te perdono, aita).

No lo recuerdo bien, pero creo que el viaje en total duró más de quince horas, con transbordo en París incluido. Durante todo ese tiempo no pude rebajar ni un ápice mi entusiasmo, me brillaban los ojos, y estuve muchas veces cerca de explotar con un grito de euforia. Necesitaba un mínimo gesto de complicidad y comprensión. Estar con alguien que sintiera lo mismo que yo. Cuando llegué a Bruselas, jamás lo olvidaré, bajé del autobús y ahí estaba mi tío José, con el que me fundí en un gran abrazo de campeón de Copa. Pasé dos semanas imborrables con mis tíos y mis primos, que son más pequeños que yo, con los que compartí muchas horas viendo Wimbledon, ya que el tenis era una de las grandes pasiones de mi tío. Un día nos pusimos a pelotear y le hice una dejada a botepronto que creo que, desgraciadamente para él, no pudo olvidar nunca. Es más, durante muchos años, cada vez que me veía era lo primero que mencionaba. Con el paso del tiempo fui entendiendo que la explicación residía en la monumental tabarra que le debí dar recordándosela.

Mi tío era, y digo era porque falleció el jueves, un tipo cojonudo. La familia de mi madre son siete hermanos de Madrid, de los cuales tres son hombres, y todos ellos son o han sido de la Real. Con eso ya he dicho suficiente. El pasado fin de semana, con legañas y pronunciadas ojeras por no haber podido descansar tras el 5-1 de Gijón, me subí al coche y me fui a la capital para despedirme de él en condiciones antes de que la medicación y el implacable avance de su enfermedad le impidiera comunicarse. Una de las pocas cosas que pudo expresarme con naturalidad fue su incredulidad cuando le dije el resultado de la víspera: “¿5-1?”, me preguntó con los ojos bien abiertos.

No es mi intención alimentar dramatismos. Una cosa es la vida y la otra, a años luz en importancia, el fútbol. Pero este equipo no se da cuenta de que está logrando lo que parecía un imposible, que su afición vaya poco a poco perdiendo la ilusión. Me lo dijo un amigo muy futbolero y apasionado txuri-urdin el pasado lunes. “Mikel, a mí es que me encanta el fútbol, es mi gran hobby, pero esto es inaguantable. Nos amargan la existencia. El partido de Gijón me dejó hundido, sin ganas de nada”. Así es esta Real, que ni transmite y que se ha convertido en una factoría de decepciones.

El fútbol es un deporte que es capaz de generar un profundo sentimiento, pero en realidad está concebido como un espectáculo para disfrutar, no para atormentarse cada semana. Por algo lo denominan algunos el opio del pueblo. Suficientes bofetadas nos da la vida como para perder el tiempo con enfados y lágrimas por culpa de un grupo de, como dijo Bielsa, “millonarios prematuros” que muchas veces ofrecen la sensación de ni sentir ni padecer.

Lo que me fastidia es que conozco bien a esta Real y lo más probable es que hoy reaccione, algo que por supuesto deseo con todas mis fuerzas, y derrotará al Betis. Desgraciadamente será demasiado tarde para mi querido tío, al que la vida le ha hecho una maldita dejada a botepronto a la que, como aquel día en Bruselas, tampoco ha llegado... Allá donde estés, abrazo de gol de la Real.


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