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Colaboración

Tampoco Francisco

Por Sebastián García Trujillo - Miércoles, 27 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Muchos católicos esperábamos que el Papa potenciara una nueva manera más participativa y abierta para efectuar la elección de los obispos, pero hemos experimentado una nueva decepción. Y van…

Conste, antes de nada, que soy un entusiasta del papa Francisco. En poco tiempo ha impulsado un apreciable giro en la Iglesia católica hacia posiciones que yo creo son más evangélicas que las anteriores y cuya toma de decisión me parecía había de resultarle mucho más larga y costosa que la que él ha sido capaz de asumir. Y lo ha hecho, además, pese a las trabas que en no pocas ocasiones le está poniendo una curia anquilosada desde hace años y reforzada en su integrismo durante los dos últimos pontificados.

Este entusiasmo templado mío no me impide reconocer que ciertos cambios que muchos católicos percibimos como urgentes en la Iglesia se estén demorando demasiado. He de reconocer, sin embargo, que pilotar la nave de la Iglesia católica exige a su timonel no poca prudencia para que la comunión entre sus fieles -cardenales y obispos incluidos- no se resienta demasiado, con riesgo, incluso, de saltar hecha pedazos. No obstante, hay que reconocer que esta prudencia está prolongando el sufrimiento de no pocos fieles (el caso de ciertos divorciados, por ejemplo) y un alto número de abandonos en la Iglesia católica.

Los cristianos no debiéramos olvidar que tan importante como la comunión entre los fieles es que la salvación aportada por Jesús llegue a ser experimentada lo antes y lo más ampliamente posible por todo ser humano de buena voluntad (et in terra pax hominibus, bonae voluntatis);lo que en mi opinión no está sucediendo en la actualidad con la intensidad que debiera, entre otras muchas causas, por la torpeza de algunos cristianos y por la falta de respuestas adecuadas de estos a la actual problemática de los seres humanos.

Este exordio viene como anillo al dedo para expresar algunas reflexiones personales con motivo del reciente nombramiento del obispo de Vitoria-Gasteiz. Muchos católicos que esperábamos que el papa Francisco potenciara una nueva manera más participativa y abierta para efectuar la elección de los obispos hemos experimentado una nueva decepción. Y van…

Y es que las diócesis vascas, con ciertas altibajos, fuimos pioneras en el seguimiento y puesta en práctica del Concilio Vaticano II, como han reconocido durante años la mayoría de los expertos que nos han visitado o han analizado las conclusiones y puesta en práctica de la Asamblea Diocesana en la diócesis de Bilbao entre 1984-87, que supo leer los signos de los tiempos con una dosis de sabiduría y espíritu evangélicos que se venía fraguando entre nosotros desde muchos años atrás (el seminario de Vitoria ha sido reconocido como uno de los mejores y más abiertos de Europa en la primera mitad del siglo XX).

Queda como ejemplo del dinamismo tradicional de las diócesis vascas la formación progresista y sólida en nuestros seminaristas (el seminario de Vitoria ha sido Facultad de Teología desde 1967), las prestigiosas pastorales conjuntas que tradicionalmente escribían los obispos de las cuatro diócesis vascas, leídas con interés y aprovechamiento en numerosas diócesis españolas, la democratización relativa en la toma de decisiones diocesanas importantes, las enseñanzas ejemplares de la doctrina social de la Iglesia, liderada en el ámbito nacional por expertos y militantes de nuestras provincias, la pujanza entre nosotros de las Asociaciones y Movimientos de Acción Católica, la formación y pronta incorporación de laicos a labores evangelizadoras, los esfuerzos continuados por clarificar una situación política muy embrollada en un contexto difícil (elcaso Añoveros, los sacerdotes encarcelados…). Fuimos un espejo donde mirarse hasta que, por un presumible acuerdo entre el gobierno español y ciertos jerarcas eclesiásticos, estos y aquellos decidieron que había que reconducir el dinamismo evangelizador de las diócesis vascas mediante el nombramiento de unos obispos elegidos a medida del conservadurismo hispano que lo llevaran a cabo.

En pocos años, los obispos autóctonos vascos (no tanto por nacimiento, sino, sobre todo, por la formación in situ de los mismos y por su conocimiento largo y profundo de nuestras diócesis), han sido sistemáticamente sustituidos por obispos formados fuera de estas (Toledo, Córdoba, Madrid…) de marchamo marcadamente conservador.

Tras estas sustituciones en las cinco diócesis vascas (hasta en la de Baiona, que para esto también queda incluida en el supuesto marasmo nacionalista), estas no solo han visto disminuido su dinamismo eclesial, sino que también se ha reducido considerablemente el eco y contenido proféticos de su voz, tan característicos de estas diócesis hasta hace poco, por ejemplo, en temas de pastoral social y de discernimiento político (tabú para los actuales obispos), cuestiones estas tan intrincadamente arraigadas en la idiosincrasia de los ciudadanos vascos (creyentes o no), necesitados de luz en estos temas debido a la situación de libertad restringida en que los habitantes de Euskal Herria llevamos viviendo durante muchos años, como acaban de reconocer la mayoría de los políticos españoles a raíz de la crisis política en Cataluña.

Muchos esperábamos que con el papa Francisco esta situación pudiera mejorar. Pero vamos a tener que esperar. El obispo de Vitoria-Gasteiz ha vuelto a ser elegido en los conciliábulos vaticanistas (lo colocan en la hornada propiciada por el cardenal Rouco y el obispo Munilla), sin una consulta abierta y dinámica a los distintos grupos diocesanos alaveses (lo que no significa que no haya habido consultas hábilmente dirigidas). El obispo de Vitoria-Gasteiz ha sido nominado sin la participación significativa de los cristianos alaveses, no conoce (o apenas lo hace) a la feligresía de la provincia, no sabe euskara (¿qué importa esta reivindicación popular en la nunciatura apostólica o en el Vaticano?) y ha sido educado en el seminario de los Cruzados de María, agrupación próxima al señor Munilla, obispo de San Sebastián, cuyas actuaciones pastorales nos suelen llenar de bochorno un día sí y otro también.

Los que queremos seguir confiando en el papa Francisco creemos que este no ha sido bien aconsejado en este nombramiento episcopal o, si lo ha sido, el cambio que todos esperamos de él tampoco una vez más nos va a llegar a muchos de los católicos vascos que, pese a todo, vamos a seguir esperando activamente.


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