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Tribuna abierta

El inquietante obispo Munilla

Por Lontxo Oihartzabal Rezola - Martes, 26 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:10h

Munilla, ayer en Donostia.

El obispo Munilla.

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Munilla, ayer en Donostia.

Siempre encontramos en nuestras vidas acontecimientos que nos dejan un recuerdo profundo y doloroso. Y los hay que nos han producido un sufrimiento muy especial. Así me ha ocurrido a mí con la matanza de París en noviembre pasado, doblemente doloroso porque los asesinos, además de matar atrozmente a personas inocentes e indefensas, intentaron justificar su acción invocando precisamente el nombre de Dios, de Alha. En torno a 130 familias perdieron violentamente para siempre a uno de sus seres queridos;y casi 2.000 tienen todavía a uno de los suyos con heridas graves, sufriendo un tormento. Cientos de padres y madres, de hermanos y hermanas, de novios y novias, de amigos y amigas, de compañeros y compañeras que no pueden entender la tragedia que se les ha echado encima. Millones de seres humanos, en Occidente y en Oriente, creyentes, agnósticos y ateos, han manifestado, de algún modo, su cercanía a esas familias destrozadas por el dolor.

No fue esa, al parecer, la prioridad absoluta a subrayar en ese momento para el obispo Munilla. No fue esa, al menos, la que transmitió en ese momento a sus seguidores de Twitter. Salió con una vergonzante defensa del cardenal Cañizares, que unos días antes intervino públicamente previniendo a la sociedad ante el peligro de que no fuera solo “trigo limpio” lo que podía llegar entre la muchedumbre de refugiados provenientes de países en guerra en el Próximo Oriente y alertaba a Europa a permanecer vigilante ente el peligro de que pudieran infiltrarse otros elementos entre los que buscaban protección aquí. El cardenal de Valencia fue duramente criticado por esas declaraciones.

La Policía europea informó de que se habría encontrado, entre las pertenencias de uno de los yihadistas que actuó en París, un pasaporte procedente, aparentemente, de uno de los refugiados provenientes de Siria. La misma policía añadía, sin embargo, que aquel pasaporte podía ser falso.

El obispo Munilla, imprudente como en otras ocasiones, salió rápido en defensa de Cañizares, afirmando que el cardenal había tenido razón en sus previsiones y que había sido injustamente tratado en los medios de comunicación cuando estos lo criticaron duramente. Ese fue el mensaje del obispo a sus seguidores de Twitter en aquellos momentos angustiosos y de dolor, manchados cruelmente de sangre inocente. ¿Puede un ser humano, con la cabeza mínimamente bien amueblada, salir con un mensaje de este calibre en un momento tan atroz y tan angustioso para la gran mayoría de nuestra sociedad?

La respuesta la podemos encontrar, acaso, en las palabras de dos profesores de la Facultad de Teología de Vitoria-Gasteiz. Así se expresó José Ignacio Lacalle, catedrático de Teología Moral, en una nota que envió a la prensa: “Hay que ser un demagogo del tres al cuarto para volver a esto y así. Porque es no saber discernir el ministerio eclesial de la vocación política que los consume;es un ego descontrolado que los hace creer que son vigías y salvadores del occidente cristiano, cuando solo ven a dos palmos de sus narices” (NOTICIAS DE GIPUZKOA, lunes 23 de noviembre). Tomás Muro, profesor de Teología en la misma facultad, opinaba de esta manera sobre el mismo hecho: “Pero solamente el hecho de pensar que pueda ser así y decirlo (que se pudiera colar algún yihadista), indica que hay mentes de escasa sensibilidad, de muy bajo nivel humanista y no mucho tono cristiano. Cuando algunos en la Iglesia hablan de trigo limpio/sucio o de coladero de yihadistas o de pérdida de identidad europea, es porque hemos caído muy bajo, nos hemos alejado del evangelio de Jesús, es decir, hemos echado por la borda -“de las pateras”- la misericordia, la compasión, el sentir lástima, la caridad, y sin misericordia y bondad, ¿qué nos queda de cristianos?”.

A Cañizares y Munilla debía resultarles algo conocido que esos yihadistas no están esperando a que haya grandes movimientos de refugiados que buscan llegar a Europa para cruzar, a su antojo y en contra de toda la normativa establecida, las fronteras de los países occidentales. No existía llegada masiva de refugiados el 11 de septiembre del 2001 cuando extremistas musulmanes dejaron casi 3.000 muertos y más de 6.000 heridos durante la destrucción de las torres gemelas de New York;tampoco llegaban a Madrid masivamente refugiados cuando los terroristas, haciendo explotar bombas en cuatro trenes, dejaron 193 muertos y casi dos mil heridos el 11 de marzo del 2004;ni, por supuesto, estaban llegando refugiados en número fuera de lo normal a Túnez cuando los yihadistas crearon situación de pánico en dos ocasiones diferentes durante el pasado año.

No parece legítimo crear más dolor a los que, huyendo de la guerra y en medio de muchos peligros y miserias, vienen a occidente buscando paz y trabajo, y solo encuentran trabas y dificultades justamente en nombre de la seguridad europea. Munilla, con su defensa pública del cardenal Cañizares, se ha alienado justamente con los que priorizan nuestra seguridad en detrimento de la ayuda a los necesitados. Será preciso que lleguen nuevos samaritanos a enseñarnos lo que significa “amar al prójimo?”

Otro hecho reciente ha venido a inquietarme también profundamente. Es algo bien conocido que en la diócesis de Gipuzkoa son relativamente numerosos los sacerdotes, religiosos y religiosas y hombres y mujeres laicas que no están de acuerdo con la orientación pastoral que el obispo Munilla está intentado implantar en esta Iglesia local. Ahí están las opiniones y valoraciones hechas públicas durante el pasado año por un grupo numeroso de sacerdotes diocesanos, por un grupo de miembros del Consejo Pastoral, por el grupo de cristianos denominado Eutsi Berrituz, sin tener en cuenta las que se le han presentado de palabra en diversas reuniones de los consejos de presbíteros y de arciprestes, según nos han transmitido personalmente algunos de sus miembros.

Según el obispo, no son más que “crítica, murmuración, cotilleo y maledicencia”. Ha elegido una vía excesivamente débil para intentar acallar las voces que discrepan con su actuación. A pensar eso me lleva su escrito Jubileo de la Misericordia, donde verbalmente se nos dice: “A este respecto, os propongo un gran compromiso para este Jubileo: arrancar de nosotros toda crítica, murmuración, cotilleo y maledicencia. ¿Cómo vamos a celebrar el jubileo de la Misericordia si nos juzgamos continuamente los unos a los otros?” Si nos atuviéramos a la literalidad de este texto, deberíamos pensar que el obispo tiene conciencia de haber andado por ahí criticando, murmurando, cotilleando y hablando mal de otros, pues así lo expresa cuando dice “arrancar de nosotros”, “si nos juzgamos continuamente” etc.

No parece éticamente aceptable recurrir a la misericordia para pedir a los otros que desistan de valorar negativamente su actividad episcopal y de seguir analizando y valorando en conciencia la situación de esta Iglesia local. Las publicadas son valoraciones realizadas en conciencia, sosegadamente y después de analizar y pensar largamente sobre el tema. Lo puedo afirmar así porque he seguido de muy cerca el proceso seguido en todas ellas. Naturalmente que se han podido equivocar sus responsables a la hora de analizar las diversas situaciones y al formar su criterio valorativo. El compromiso que sienten con esta Iglesia guipuzcoana los ha llevado a realizar ese trabajo. No se puede hablar, pues, de “murmuración, cotilleo y maledicencia”, como lo hace el obispo Munilla. Primero se desprestigian las opiniones de los que piensan distinto y luego se les pide que abandonen esa actuación. ¿Puede dejarse en manos de una persona que actúa con semejante frivolidad la responsabilidad de dirigir esta nuestra Iglesia local?

Por otra parte, el obispo de Roma Francisco está insistiendo con mucha frecuencia que la nuestra ha de ser “una Iglesia pobre con y para los pobres”. Y especialmente una Iglesia pobre que se coloca junto a los pobres azotados duramente por esta última crisis económica. En esa línea, se les ha pedido a los responsables económicos de las parroquias guipuzcoanas que actúen con mucha responsabilidad y reduciendo al máximo los gastos de sus comunidades. Parece que sea razonable actuar así en las actuales circunstancias. No parece, sin embargo, que se hayan seguido esos mismos criterios a la hora de publicar el folleto oficial de la diócesis denominado Jubileo de la Misericordia. Llama la atención la alta calidad del papel utilizado, la gran cantidad de fotografías a todo color insertadas en el texto y la apariencia lujosa de su portada. ¿No se podía haber hecho una publicación más sobria y más acorde a la situación económica de los pobres de nuestra Iglesia? ¿Qué se ha pretendido con una publicación tan lujosa?

Quiero terminar estas consideraciones mirando más arriba y más lejos, y utilizaré para ello un recuerdo de mis años de aprendiz del latín clásico, robando a Cicerón una famosa frase suya: “Quousque tandem, Domine Renzo Fratini, abutere patientia nostra?”, que podría traducirse por “¿hasta cuándo pretende seguir, señor nuncio Renzo Fratini, aprovechándose de nuestra paciencia?”.

Si nos atuviéramos a la literalidad de su texto, deberíamos pensar que el obispo tiene conciencia de haber andado por ahí criticando, murmurando, cotilleando y hablando mal de otros


Francisco, el obispo de Roma, está insistiendo con mucha frecuencia que la nuestra ha de ser “una Iglesia pobre con y para los pobres”


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