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Colaboración

Después de los tambores

Por Miren Jone Azurza - Martes, 26 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:10h

El día 16 de enero de este 2016 Iulen Lizaso Aldalur abordaba en este diario una crítica de la película La Habitación, brillantemente protagonizada por la artista Brie Larson y terminaba su Carta a la Dirección con una pregunta pensadísima: “¿Qué pasaría si algún día se rompiera el hechizo de ver la desnudez del cuerpo (puente de tránsito) en el espejo de tu habitación y del ego culturista e intelectual en el espejo de tu mente y llegaras a sentir la existencia de un mundo interior y real en el que, ahí sí, la vida no es un sueño… y terminado el tránsito, ya fuera del puente… tampoco?”. Se planteaba así una nítida invitación a entrar en materias profundas, a rebuscar en lo mejor de cada persona humana. Hoy recojo el guante con la ilusión de intentar esbozar siquiera alguna respuesta a pregunta tan directa para cualquiera que se preocupe de su vida interior, donde se encuentran los valores decisivos que puedan aproximarle lo más posible a una existencia personal lograda y feliz. Los ingleses han dado el nombre de serendipity a la facultad de hacer -por casualidad- algún descubrimiento asombroso. Aprovecho el clima de silencio curativo que puede sobrevenir, tras un lógico paréntesis de nubosidad cerebral, al desvanecerse el eco de los tambores, para intentar averiguar algo sobre si la vida es un sueño o no.

A pesar de la crisis económica y también cultural con sus consecuencias negativas en el tono vital, siguen ahí las hondas verdades procedentes de la sabiduría perenne y piden paso a la humanidad, que necesita mirarse al espejo. Su reflejo del hoy nos resulta inaceptable por sus desigualdades entre ricos y pobres y la inasumible injusticia de que el 1% de personas sean dueñas de la mitad del dinero circulante en el mundo, mientras la otra mitad de ese dinero se ve obligada a malrepartirse para cubrir las necesidades del 99% de la población humana. ¿Cómo no van a ir en aumento las multitudes de desdichados que no ven por dónde esperar la llegada de una existencia mínimamente digna? No hay espejo que aguante semejante visión. Es el momento de dar un firme paso y lanzarnos a educar mejor nuestro interior para poder llegar a dominarnos a nosotros mismos y hacer que ese dineral escandaloso se utilice para el bien común. Comunidades de personas que se propongan dar a los necesitados de su entorno todo lo que les sobra, comunidades que pueden multiplicarse hasta lo indecible, podrían equilibrar el bienestar del conjunto. Los mayores líderes -religiosos o laicos- que promovieron la bondad y la justicia entre sus coetáneos empezaron sumergiéndose primero dentro de sí mismos y reuniendo luego a grupos pequeños cuya influencia se fue extendiendo como mancha de aceite. Porque el bien es contagioso.

El Dalai Lama no se cansa de repetir uno de sus más profundos convencimientos: “Si entrenáramos en la meditación a cada niño y niña de ocho años, borraríamos toda la violencia del mundo en una sola generación”.

Se nos llena la boca con la Capitalidad Europea de la Cultura. Tal vez es el momento de la sorpresa. ¿Qué mensaje podríamos enviar a la Europa rodeada por miles de personas que buscan nuestra acogida? Una ciudad cultural elegida como modelo no puede desentenderse de la miseria en que se vuelven locas tantas familias en abandono total. Hay entre nosotros no pocas personas que lo han dejado todo para ir a rescatarlos del mar pero eso que hoy ocurre en proporciones mínimas, podría hacerse tierra adentro, con una organización más potente que la actual. Si los estados no dan facilidades, hay que arrancárselas. Cada refugiado maltratado, abandonado a su suerte, puede ser un enemigo o un amigo. Las comilonas, el deporte, la diversión, la ropa, los viajes de placer, pueden esperar;una familia hambrienta y a la intemperie, no puede vivir. Mucho menos a pocos kilómetros de nuestro bienestar.

¡Ánimo Donostia! Si emprendieras la formación de una cadena humanitaria de aquí a Wroclaw para gritar que somos hermanos y hermanas de los refugiados y que nuestra cultura ha sido siempre fraternal y abierta al mundo, podrías mirarte al espejo sin complejos.


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