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Ceremonia del desconcierto

La falta de visibilidad y de relato ensombrecieron el espectáculo central diseñado por el artista Hansel Cereza y dejaron un regusto amargo en la semana inaugural de la Donostia 2016.

Un reportaje de Juan G. Andrés - Domingo, 24 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Imagen panorámica del puente y sus inmediaciones durante la ceremonia inaugural de Donostia 2016.

Imagen panorámica del puente y sus inmediaciones durante la ceremonia inaugural de Donostia 2016. (Foto: Gorka Estrada)

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Imagen panorámica del puente y sus inmediaciones durante la ceremonia inaugural de Donostia 2016.Aizkolari encaramado a un tronco en mitad de la actuación.El público pasea por el puente al finalizar la ceremonia.Llamaradas en los obeliscos del puente de María Cristina.Las sombras chinescas proyectadas por el público al final del espectáculo.Varios espectadores, a la espera del inicio de ‘Puente de la convivencia’.Un momento del espectáculo de apertura popular, dirigido en el puente de María Cristina.
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En las últimas semanas, los responsables de la capitalidad se han cansado de repetir que en una ceremonia inaugural no hay segundas oportunidades: un acto de estas características es único e irrepetible y sus organizadores disponen de un solo intento para causar una buena impresión en todo el mundo. Pues bien: anoche San Sebastián se la jugó con Puente de la convivencia, un espectáculo de luz y sonido concebido para “emocionar desde el primer minuto hasta el último”, tal y como prometió el jueves Hansel Cereza, el artista encargado de diseñarlo. Sin embargo, el resultado distó mucho de ser redondo y se asemejó más una ceremonia de la confusión de precio desorbitado: 660.000 euros de presupuesto.

Durante tres cuartos de hora, el puente de María Cristina y sus inmediaciones se convirtieron en el escenario de un gigantesco montaje que fue un “éxito de afluencia”, según la nota que por la noche envió Donostia 2016. En total, siguieron el acto central de la semana inaugural 50.000 personas, cifra aportada por la capitalidad, que citó fuentes de protección civil. El problema es determinar cuántas de esas personas siguieron en condiciones un acto que, en la mayor parte de su desarrollo, se limitó a un montaje de luz, sonido y proyecciones abstractas sobre el puente sin un relato aparente.

Porque al margen de que la propuesta de Cereza fuese más o menos conceptual, el mayor obstáculo fue la alarmante falta de visibilidad, incluso desde las zonas cercanas al puente. La organización había asegurado que la función podría seguirse desde las dos orillas del río e incluso desde los vecinos puentes de Santa Catalina y Mundaiz, pero no fue así y el público fue precipitándose a marchas forzadas de la expectación a la perplejidad más absoluta.

Al término del acto, el sentir de la ciudadanía era de decepción, e incluso desde el propio gobierno municipal se hacía autocrítica. “Gracias al voluntariado que ha participado en la inauguración del 2016 y disculpas a la ciudadanía por no haber conseguido la inauguración adecuada”, escribió el teniente de alcalde Ernesto Gasco (PSE-EE) en su cuenta de Twitter. Otras autoridades se limitaron a guardar silencio o a mostrar fotos del evento mientras las redes sociales eran un hervidero de chanzas y críticas, con los hashtags #Donostia2016 y #DSS2016 echando literalmente humo.

Luces y sombras

Una hora antes del inicio de la ceremonia, la gente abarrotaba la zona, en la que había un gran despliegue sanitario y de voluntarios que guiaron diligentemente al público, especialmente a personas con necesidades especiales. Con luna casi llena y 15 grados de temperatura, pasaban dos minutos de las 20.00 horas cuando las luces se apagaron y comenzó la función con una música de tono épico y sabor new age. Sobre los obeliscos del puente de María Cristina, de los que brotaban ocasionales llamaradas, se proyectó la palabra “diálogo” mientras ciudadanos de ambas orillas se saludaban efusivamente.

A partir de entonces, la mayor parte de la ciudadanía que siguió in situ la ceremonia solo vio un puente iluminado de mil y una maneras diferentes con luces led: apenas se pudo palpar el esforzado trabajo de los más de 900 guipuzcoanos que desde 52 coros, comparsas y asociaciones deportivas han pasado semanas ensayando con la mejor de las voluntades. Cereza, fundador de la Fura dels Baus y organizador de grandes eventos como las Olimpiadas de Barcelona 92, había proclamado a los cuatro vientos la importancia del factor humano, pero lo cierto es que éste pasó inadvertido a la audiencia. Baste el siguiente ejemplo como prueba: desde la zona de prensa en la que se preparó esta crónica el único intérprete nítidamente visible fue un aizkolari que sobresalía del público porque trabajaba en altura.

Hubo que esperar a la nota de prensa y a las fotos enviadas por el departamento de Comunicación de 2016 para saber qué se perdió el público que no estaba situado en alguna de las cuatro pantallas gigantes o que no siguió la gala por televisión. Lo que pretendía -y no logró- contar el espectáculo era la unión de ciudadanos a ambos lados del río que aceptaron el reto, “sin importar ideologías, culturas ni religiones”, de construir el puente de la convivencia. “Con el esfuerzo colectivo, representado a modo de gran cadena de montaje consistente en levantar piedras, cortar troncos y otras tareas relacionadas con la cultura vasca, las personas han conseguido unir las dos orillas con un hermoso y sugerente puente de luz. En ese momento, han podido cruzar el puente y se han encontrado en el centro, donde se han mezclado entre sí, en una celebración de la diversidad. Sin embargo, sin previo aviso, esa aparente armonía se ha transformado en discusión, representada por la sokatira, lo que ha provocado que el puente de la convivencia haya pasado a ser el puente de la discordia, sumergido repentinamente en la oscuridad”, explicó la capitalidad.

Ese momento, el del desmoronamiento del puente, sí fue perceptible gracias al juego de luces, como también lo fueron los sones de la txalaparta y la canción Baga, Biga, Higa, de Mikel Laboa, que cientos de ciudadanos entonaron gracias a las octavillas repartidas por la organización. De nuevo hay que recurrir a la nota de prensa que explica que “la voz conjunta de las y los ciudadanos ha permitido que volviera a resurgir el puente de la convivencia” para dar paso a “un espectáculo de luz y sonido embriagador mientras se escenificaba el puente como lugar de convivencia”.

Entonces, sin que los espectadores supieran si había concluido o no la ceremonia, comenzó la segunda parte -“más lúdica”, tal y como habían anunciado-, en la que la ciudadanía invadió el María Cristina e intervino en el acto usando sus manos para proyectar sombras chinescas gigantes sobre unas telas colocadas en el puente. Fue, quizá, la parte más entrañable y participativa de un acto que dejó un regusto amargo y que oscureció una semana inaugural que, por lo demás, ha estado repleta de propuestas jugosas y tremendamente lúdicas disfrutadas por miles de personas.

Hoy harán balance el alcalde Eneko Goia y el director general de la capitalidad, Pablo Berástegui. Difícilmente podrán realizar una valoración triunfalista. Ahora está por ver cómo afecta esta ceremonia fallida al ánimo de los donostiarras, cuya ilusión es clave para activar un proyecto lastrado siempre por el escepticismo. Justo cuando parecía que las luces iban a imponerse a las sombras, el acto de ayer -una carta de presentación que ha costado más de medio millón de euros- podría volver a despertar la polémica en Donostia 2016. Y todo cuando aún faltan 343 días de capitalidad por delante.


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