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Imanol Gómez relata desde la isla griega de Chíos el horror de los rescates y la fugaz alegría al reanimar a una pequeña

“Cobró la consciencia y se abrieron los cielos”

Imanol Gómez RELATA desde la isla griega de Chíos el horror de los rescates y la fugaz alegría al reanimar a una pequeña

Un reportaje de Arantza Rodríguez - Domingo, 24 de Enero de 2016 - Actualizado a las 06:12h

Una octogenaria CON LOS BRAZOS ABIERTOS.“María fue maestra en Chíos y vive en la esquina sur de la playa de Karfas. Tiene 84 años y ayuda todos los días a los refugiados, desviste y viste a los niños para que estén secos... Escribe cuentos. El último habla de dos zorros que quieren comerse el queso del petróleo en Irak. Son Bush y el inglés. Reconforta ver la cantidad de personas que vienen a ayudar. Queda gente buena en el globo”, se felicita Imanol.

“LA TENSIÓN ES MÁXIMA POR EL PÁNICO CREADO”.Desde el pasado día 9 de enero este voluntario de Salvamento Marítimo Humanitario ha participado en más de 70 rescates. “Hemos tenido barcos sin motor en medio del canal a la deriva con vientos de 90 kilómetros y olas de dos metros y medio, rescates de gente en el agua y embarcaciones pinchadas y hundiéndose. La mayoría son por la noche. La tensión es máxima por el pánico creado”, afirma.

“Mira, tu hermano está vivo”.“Este refugiado sufría hipotermia severa y se desvanecía. Creía que su hermano se había ahogado. Cuando lo localizaron, le desperté: Mira, tu hermano está vivo”, relata Imanol. “Ese hombre cruzó un mar con dos jerseys y unos zapatos. Al sentir mi mano mientras le decía It’s all OK, friend, derramó una lágrima tan pequeña como un grano de arroz y tan grande como un océano”, cuenta Iker Tapia, otro voluntario.

A Imanol Gómez, curtido en mil rescates, le brotaron las lágrimas cuando trataba de reanimar a una pequeña recién llegada del mar. Horas después, al contarlo, este voluntario que cada noche tiende su mano a los refugiados desde la isla griega de Chíos sigue llorando de rabia y desesperación. “Hemos tenido a varios niños muy mal, inconscientes, con una temperatura al borde de la muerte. Entonces se te cae el mundo encima. Piensas en voz alta y te das ánimos y te dices: Venga, sabes hacerlo. Mientras, tomas las constantes esperando oír su respiración o su corazón entre la ropa empapada que quitas rápido”, comienza a relatar este ertzaina, que dirige el operativo de la ONG vasca Salvamento Marítimo Humanitario.

En el interior de una ambulancia, el socorrista y la niña, de apenas dos años. Su corta vida, en sus manos. “Envueltos los dos en las mantas térmicas, le daba calor como si fuera el buey de un belén, desesperado por restablecer la circulación de la pequeña. Todo se acaba: el calor químico, la ropa de recambio, las mantas... Pensé en mis hijos. A veces como no sé cómo se llaman, les pongo los nombres de los míos. Es un horror. Tras un espasmo que te arruga entero, Lucía cobra la consciencia y se abren los cielos. No podrías nunca estar más feliz”, confiesa, pero la alegría es fugaz en una noche tupida de drama. “Se estabiliza y ya tengo el brazo de Iñigo Mijangos detrás, que me alerta de una mujer diabética que no responde”. No hay tregua.

Durante la jornada que describe Imanol, una de las más intensas desde que desembarcara el 9 de enero en Chíos, realizaron once rescates, “alguno muy peligroso por las olas y el tipo de costa”. “La noche es noche y parece que no acaba. Se ven señales muy tenues de teléfonos móviles a casi una milla. Salimos con el barco de rescate hacia la zona señalada. Hace dos grados bajo cero y las olas nos salpican. Voy asustado porque los botes neumáticos no se ven hasta que los tienes encima. Van a oscuras por un túnel de terror para no ser vistos por los guardacostas. Casi me como a uno. Lo paso a diez metros. Gritos. Y gritos también de fondo, del barco sin motor, completamente anegado. Remolque incierto. Nuevamente el miedo en el cuerpo por saber si llegaré con 60 personas detrás unidas a nosotros por un cabo de vida, la noche, el viento y el mar. Entrada a puerto justo en la bocana. Una ola del través les alcanza y les arrastra a ellos y a nuestro barco a la escollera de puntas. ¿Qué hacemos aquí con tantas vidas detrás?”, se pregunta. Pero no hay tiempo para reflexiones. “Gracias a ser ya viejo, recuperas la maniobra y otra vez libramos. No sé qué pasa dentro de mí, pero quiero correr hacia una playa con sol. No quiero que esta constante y ahogante sensación de pensar que no puedes fallar me domine hasta el punto de besar a mis compañeros porque sí, mientras mi cara se vuelve a humedecer. Otra vez corremos hacia Puda, el peor sitio para arribar y otra vez comienza esta película de miedo sin fin”. Se rebobinará una y otra vez hasta el día 30, cuando Imanol regresará a Euskadi para mejorar el operativo de la ONG e impulsar las donaciones (Caja Laboral: 3035 0235 2223 5003 8982). “Estoy pensando ya en que volveré y en que, a pesar de llevar casi 30 años en el rescate, esta vez me ha tocado la lotería”.

“Como no sé cómo se llaman, les pongo el nombre de mis hijos”.“Lo más impresionante son los niños. Es terrible. No solo terminar el rescate y que no se ahoguen. También, cuando ya están a salvo, ver todas sus pertenencias esparcidas y que no tienen zapatos porque el mar se los ha arrancado. Muchos se desmayan por hipotermia severa”, se duele Imanol Gómez, quien les suele llamar con el nombre de sus propios hijos. Fotos: SMH


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